miércoles, 30 de enero de 2013

Cifras y letras

- Nací el cuarto día del cuarto mes de 1985. De aquí parten dos conclusiones innegables: que tengo 27 años y que mi número favorito es el 4.

- Mido 1 metro y 84 centímetros. Puede parecer mucho pero no lo es, de verdad. A mí al menos todavía no me ha servido para alcanzar algunas de las cosas que siempre he deseado. Ni siquiera saltando, así que al final puede que acabe reconociendo que los puntos de apoyo quizá no estén tan mal.

- Peso 71 kg. A veces me encanta que sea así y otras me parece demasiado poco. Decidirme por una u otra opinión no me serviría de nada, la genética se empeña en demostrarme que esta cifra tiene poco margen de cambio.

- Calzo un 44. Y esto sí que debe de ser mucho porque no hay duda de que piso demasiados charcos. Y lo peor es que hay algunos cuya profundidad no llego a conocer hasta que no tengo el pie bien dentro.

- Tardé poco más de 5 años en sacarme los 5 cursos de mi carrera. No me sirvieron para aprender todo lo que me habría gustado, pero sí para sacar 3 matrículas de honor en otras tantas asignaturas tan importantes que no recuerdo ni sus nombres. También para tener el absurdo honor de haber aprobado 19 asignaturas en el último año; absurdo porque si en ese curso tenía tantas por aprobar significa que igual hubo algo que no hice muy bien en los años anteriores. Pero la gente, en lugar de darse cuenta de esto, suele preferir asombrarse y decir: “¡Hala! 19…”.

- Siempre me ha dado un poco de miedo pensar en cuántos amigos de verdad tengo. Y odio la expresión “mejor amigo/a”, pero hay dos de mis amistades por quienes haría cualquier cosa, y ellos lo saben. Que sean felices es uno de mis objetivos personales, y si nunca se lo he dicho se estarán enterando ahora mismo. En algún caso, hasta coloreo su felicidad de atardeceres naranjas, playas calmadas y sabores dulces. Otras veces, no huele a mar.

- He jugado en tres equipos de fútbol. En toda mi vida, sólo he tenido dos lesiones serias. La parte mala es que ambas ocurrieron en el mismo partido. Y la parte irresponsable es que ese día seguí jugando hasta el final.

- Podría escribir aquí el número exacto de noches que he pasado sin dormir en una habitación de hospital. Pero perdí la cuenta, señal de que han sido demasiadas. Suficientes como para enseñarme a entender la vida de una forma distinta a como lo hacía antes. Cada noche me trae a la memoria lo lentas que pasan las horas en otros lugares que no están tan lejos, y también lo cerca que estamos de perder cosas sin las que no estamos acostumbrados a vivir.

- La miopía y el astigmatismo se han quedado a vivir en mis ojos en forma de varias dioptrías: concretamente 3’25 en el derecho y 3’50 en el izquierdo. Al menos están bien repartidas.

- He estado en cuatro países: España, Túnez, Italia e Inglaterra. Y tres veces en Santander, la ciudad de la que nunca me voy y a la que siempre regreso.

- Vivo en el piso 3 del número 6 de alguna calle madrileña.

- Tengo dos hermanos que son simplemente imprescindibles para mí. Junto con mis padres, hacen que sumemos cinco en casa, aunque puede que este número no dure mucho. El que sí deseo que se mantenga es el de mis tres abuelos, los únicos que he llegado a conocer.

- También tengo dos “hermanas” gemelas con las que mantengo una relación que algún día debería ser objeto de estudio.

- Uso 6 perfumes diferentes, pero últimamente me siento mejor con One Million, de Paco Rabanne.

- En mis montañas guardo 12 películas de Woody Allen, 8 discos de Quique González y 6 libros de Murakami. De entre esos libros, hay uno que tengo en 3 idiomas.

- En mi reproductor de música hay hoy 5.349 canciones dando vueltas, aunque algunas suenan casi a diario. Si le doy a “Reproducir todas las pistas”, la primera es "Amor" se escribe con llanto. La última es もう少し自分のこと、きちんとしたいの. Preciosas las dos.

Lo que no hay en mi vida es dieces... Me cuesta encontrarlos, y por eso me sentí tan mal cuando hace unos días alguien volvió a incluir la expresión “chico 10” al hablar de mí. Nada más lejos de la realidad.

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domingo, 13 de enero de 2013

Palabras que apagan incendios


 No sé exactamente cuándo me di cuenta de que escribir se había convertido en una forma de vida para mí. En el colegio, estudiando Secundaria, recuerdo a una compañera robándome cada semana mi archivador para leer las frases bonitas que se me iban ocurriendo y que escribía en las páginas de cartón que separaban cada asignatura. Ya en el instituto y en la universidad, no era difícil encontrar entre mis apuntes de vez en cuando alguna hoja con ideas o versos que se me iban ocurriendo, o directamente un relato en sucio lleno de tachones y de correcciones interminables, con flechas reordenando párrafos y sinónimos apuntados en el margen para evitar repetir palabras. Luego me di cuenta de que dos de mis objetivos en la vida (publicar un libro de relatos y aprender a tocar la guitarra para construir mis propias canciones) estaban muy relacionados con mi obsesión por la palabra escrita. Pero no, no sé cuándo comenzó todo, supongo que me cuesta encontrar el momento exacto en el que empiezan a ocurrir ciertas cosas en mi vida.

 Lo que sí sé es el motivo. Creo que las personas nacemos con el impulso natural de expresarnos, de que el mundo sepa lo que queremos o lo que sentimos. Como si se tratase de una necesidad básica más, como dormir, como comer. O como amar y ser amados, que siempre ha sido la primera en mi planeta. Puede entonces que ahí comience todo, porque la verdad es que soy un desastre comunicándome de las formas más habituales. Hasta hace poco, mi odio a hablar por teléfono era mundialmente conocido. Y desahogarme delante de amigos nunca ha sido mi estilo, disfruto mucho más escuchando la vida de la gente que contando la mía, lo cual convierte a veces mis conversaciones con amigos en algo bastante desequilibrado donde mi voz no se escucha más del diez por ciento del tiempo. Para colmo, cuando tengo delante a alguien que consigue el milagro de acelerarme el corazón, se me derrite la mirada en la suya y soy incapaz de demostrar que me muero por saberlo todo sobre su persona. Y entonces tiendo a pensar que cualquier cosa que le cuente le parecerá una tontería, y de repente me convence la idea de que parecer tonto es mucho mejor que demostrarlo. Y sí, es justo en ese momento cuando parezco un absoluto e inexpresivo idiota. Así que, tal y como están las cosas, no parece muy raro que ésta sea la mejor forma de expresión que he encontrado.

 Estoy cansado de ver a gente que merece cosas y no las tiene. Una de las personas que siempre querré cerca dice que yo nunca quiero llevarme el mérito de nada, y debe de ser verdad porque yo aún no he conseguido averiguar dónde está lo bueno de acumular méritos. Por eso siempre que alguien me dice que le ha gustado algo que he escrito, acabo pensando que lo ha debido de entender mal, que el texto le ha transmitido cosas que yo no pretendía decir. Me cuesta aceptar la idea de que realmente he llegado a tocar la sensibilidad de alguien o que he podido transportar a esa persona al paisaje que yo tenía en la cabeza antes de escribir una historia. Aun así, no puedo evitar sentirme la persona más llena del mundo cuando alguien me dice que he conseguido que sienta cositas a través de las palabras. O cuando ocurre algo como lo de hace unos meses: escribí un pequeño relato a partir de una canción de uno de mis grupos favoritos y, poco después, recibí un mensaje de los miembros de la banda diciéndome que les había encantado. Uno no escribe para llegar a eso, pero sin duda hay cosas que le dan más motivos aún a lo que se hace.

 De alguien que le da mil vueltas a todo no se puede esperar otra cosa: a cada palabra que escribo no le doy mil, sino un millón de repasos. Además, padezco demasiadas veces de lo que yo llamo “síndrome de las noches valientes seguidas de mañanas realistas”, que consiste en escribir auténticas parrafadas antes de acostarme, y que luego a la luz del día me parezcan absolutas tonterías. Así es como se quedan miles de palabras abandonadas para siempre en folios y así es como la tecla “borrar” de mi portátil acaba perdiendo hasta el dibujo.

 Una vez escuché a Enrique Urquijo (mi referente artístico número uno desde siempre) decir que si sus composiciones eran siempre tristes no era porque él estuviese siempre así, sino porque cuando se sentía bien lo que le apetecía era disfrutarlo, no ponerse a escribir. Yo llegué a pensar que me ocurría algo parecido, pero no es así. A mí lo que me pasa es que la felicidad no me inspira nada. Lo cual no quiere decir que no crea en historias felices ni que no me guste escribirlas, sino que me siento más a gusto si el decorado tiene algo de oscuridad, aunque la escena principal sea luminosa. También reconozco ser algo monotemático, y es que a mí me pasa como al de la novela de Ray Loriga: sólo sé hablar de amor. Pero el amor tiene tantos nombres, tantas formas, tantas demostraciones, que nunca he llegado a sentirme repetitivo. Por eso es lo más grande que existe (a veces creo que si el amor se cansase de este mundo y decidiese desaparecer, el planeta dejaría de girar y nos caeríamos todos… hasta tal punto llega mi tontería).

 Con todo esto, siempre acabo pensando que en el fondo lo que escribo es para mí. Que cuando acabo un texto y lo publico en estas páginas azules lo hago sólo para dejar de pensar en cómo mejorarlo (mi perfeccionismo crónico). Pero sobre todo, lo que acabo pensando es que éste es mi camino, el que voy a seguir toda mi vida, y que es mi mejor forma de sacar fuera lo que me arde dentro. Palabras que apagan incendios.

Diego García
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miércoles, 2 de enero de 2013

Una rosa blanca

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