jueves, 15 de octubre de 2015

Valor para marcharse

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, recordaste cómo llegó a tu vida. También lo poco que tardaste en verla como algo inalcanzable. Mucho menos tiempo del que habías pasado mirándola embobado en fotos, convencido de que era la más guapa de todas sus amigas, intrigado y absorbido por su sonrisa y su apellido. Recordaste también que cuando empezabas a saber cosas de su vida, sentiste que estabas a punto de meterte en problemas, que ese tipo de chicas buscaban otro tipo de chicos que tenían poco que ver contigo, ya sabes... Pero fue justo después de salir de aquella boca de metro, en el momento exacto de perder los mapas en sus ojos por primera vez, cuando fuiste consciente de que ya era demasiado tarde. Desde entonces, no has parado de temblar.

¿Tan borde te parezco como para que no quieras ni saludarme?”

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, hubieras sido perfectamente capaz de contar con detalle todo lo que sucedió varios años antes, durante aquella primera tarde con ella. Te acordabas de todos los sitios por los que pasasteis y de todas las cosas de las que hablasteis. También pensaste en las que quedaron sin decir: aquella primera tarde tú no le confesaste que a los cinco minutos te hubieras ido con ella al fin del mundo, y ella no te contó que era experta en convertir puntos finales en comas.

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, pensaste en aviones. En los que se la llevaban cuando más falta te hacía estar con ella una tarde más. En los aviones que al final siempre volvían y aterrizaban en el mismo aeropuerto, pero cada vez más lejos de ti.

Me lo he pasado genial hoy. Me encanta estar contigo.”

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, la recordaste sin parar de hablar en el autobús que iba hacia su casa. También detrás de un margarita de fresa, odiando tus “poco a poco”, paseando a tu lado por el parque donde disfrutaste toda tu infancia, abriendo regalos de Navidad, llegando tarde más desarreglada y más guapa que nunca a vuestro único concierto juntos. Como un recuerdo eterno, como si el tiempo no fuese a robar de tu memoria los pequeños detalles que hoy guardas con tanto cariño.

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, pensaste que si hubiese justicia habrías podido disfrutar otras mil veces más escuchándola hablar de la diferencia entre ver una película doblada y verla en versión original. Hubieses podido enseñarle todas esas canciones que, como un imbécil, todavía tienes guardadas para ella. Hubieras tenido mucho tiempo más para descubrir y explicarte a ti mismo cómo ha podido ocurrirte esto con ella. La justicia, lo que tú entiendes por justicia. Como si importase tu justicia.

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, maldijiste todas esas veces que la echabas de tu vida para siempre a empujones y maldijiste también cada vez que ella decidía que “para siempre” durase tan poco, pero te gustaba tanto que lo hiciera... Te volvía a convencer con dos o tres palabras y tú volvías a inventar encontrar dos o tres minúsculos motivos por los que esa vez todo sería diferente. Aquel día fue muy fácil anhelar los tiempos en los que aún no te gustaban los crêpes porque sólo los habías probado sin ella enfrente, los tiempos en los que El equilibrio es imposible era sólo una canción.

Hola. Sólo era para ver qué tal te iba...”

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, te hubiese encantado odiarla. Sentir que todo había sido culpa suya y que ella perdía más que tú. Arrepentirte de haberla conocido, de haber empezado quizás a enamorarte de la persona equivocada. Habrías deseado un intercambio de insultos antes que escuchar su voz intentando que no salieses de su vida. Te hubiera encantado que ella no te lo hubiera puesto tan difícil para acercarte, y más tarde tan difícil para alejarte.

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, te diste cuenta de que ibas a acordarte de ella cada vez que pasases por su barrio, cada vez que algo te hiciese tropezar y caer al suelo o cada vez que alguien viniese a intentar llenar tu vida. Ese día, ella también te dijo que nunca te olvidaría, pero sabes que no es verdad y que un día encontrará en su habitación tus discos o el libro que le regalaste y tendrá que hacer memoria para recordarte a ti, a tus nervios cuando estaba muy cerca y a tu forma de mirarla. Más tarde, llegará el día en el que también haya olvidado todo eso.

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, sabías perfectamente que ella acabará encontrando lo que busca. Siempre lo ha hecho. Por eso no te quedaste en su vida, jamás hubieras soportado lo inevitable: verla ilusionada con otra persona. Con eso no hubieras podido. Llegados a ese punto del camino, asumiendo que ella apuntaba mucho más alto de lo que creyó que podías darle, decidiste saltar del tren antes de que descarrilara. Al fin y al cabo, ya sólo se trataba de elegir con qué tipo de heridas preferías vivir. Fue bonito que decidieses quedarte con el daño que te estás haciendo tú mismo y no con el que ella podía hacerte sin quererlo. Fue triste ver cómo tu espíritu irreductible dejó de luchar. Fue raro que sacases de tu vida a quien jamás hubieses querido fuera de ella. Y va a ser muy feo que nada de eso te haga dejar de desearla.

¿Está siendo un buen verano? Cuéntame algo de tu vida, hace meses que no sé nada de ti...”

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, le dejaste claro que no volviera a acercarse, que tenías que empezar a pensar en tu propio bien, que verla aparecer y desaparecer estaba acabando contigo, que si no podíais estar muy cerca al menos te dejase estar lo más lejos posible. Y sonaron muy seguros tus argumentos, parecías convencido de que era lo mejor y de que estabas tomando una decisión inteligente. Lo cierto es que lo hiciste muy bien, parecía de verdad. Pero aquella noche, la del día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, fue una de las peores que recuerdas, no pudiste dormir y volvió a amanecer demasiado tarde.

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, supiste que cuanto más le dices adiós, más partes de ti se van con ella, menos te alejas, más se queda.

   Desde el día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, sigues buscando motivos. Sigues deseando encontrar a alguien que te haga sentir lo mismo que cuando la veías aparecer a lo lejos y su mirada tapaba los parques, la lluvia, las calles, la vida. Y cuando cualquier noche apagues la luz y cierres los ojos pensando que por fin empiezas a olvidarla, su sonrisa aparecerá desobediente en cualquier sueño, sonará Pero a tu lado en algún lugar con mar y le dirás que tiene las manos más bonitas del mundo, que amas su pelo porque siempre lo lleva suelto, que te encantan sus dientes y esa forma tan rara de sus labios... y cuando el sueño termine, todo en tu vida parecerá importar menos. Ella despertará como cualquier otra mañana sin saber que, al otro lado de la ciudad, por fin la has besado. Y tú pasarás un día difícil y la gente te creerá cuando les digas que simplemente has dormido mal. Pero ni siquiera esta sensación será capaz de arrancarte un recuerdo que querrás conservar toda tu vida: el de verla sonreír en el metro al final de tu noche favorita, aquel mes de Diciembre. El recuerdo de sentir, durante una sola noche, que estaba realmente cerca. Aunque ahora lleves un tiempo viendo cómo crece en ti esa maldita sensación de haber hecho el ridículo, de que nada de esto ha ocurrido, de habértelo inventado todo. De no saber ni hacia dónde mirar.

   Y es que desde el día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, odias más que nunca haber tenido razón desde el principio y recuerdas lo de meterte en problemas, lo de las chicas que buscan chicos que tienen poco que ver contigo... ya sabes. Y a veces te encantaría volver unos años atrás, a veces ser otra persona. Una que hubiese sido capaz de conocerla otra vez y que todo hubiese funcionado.

   Pero lo peor es que desde ese día también sientes que hay algunas preguntas que nunca duelen tanto como cuando sabes la respuesta.

"¿Sigues echándome de menos los jueves?"

Diego G. B.



"Y la playa llora y llora, 
y desde mi casa grito 
que aunque pienso en abrazarte, 
que aunque pienso en ir contigo..."

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viernes, 7 de agosto de 2015

Tu piedra preferida

 ¿Se te ha roto el reloj de tanto esperar?

 ¿Cuántos jueves han pasado ya?

 ¿Cuántas veces has querido volver atrás
y convencer a tu "yo" del pasado
de que aquella conversación no fue tan bonita,
de que lo de aquella noche no era magia?
Simplemente comenzó a llover y sus ojos eran mucho mejores que tus paraguas.

 Ahora.

 Después de descubrir su mirada,
¿cómo vas a negar ahora que la esperanza es verde?

 ...ahora
que has saltado de la cama sin saber dónde acaban los sueños
ni por qué cada mañana te caes por el hueco que los separa de la realidad.

 ...ahora
que en tu ansia por enseñarle tu mundo,
se ha acabado llevando tantas notas
que tu música ya nunca suena igual.

 ...ahora
que odias hasta los regalos que le hiciste
porque ellos sí han conseguido quedarse a vivir junto a su cama.

 ...ahora
que repasas cada uno de los besos que te escribió
y cada uno de los versos que te dio,
mientras te preguntas
por qué nunca
pudo hacerlo
justo
al revés.

 ...ahora
que Madrid te parece más grande que antes
pero la idea de cruzarte cualquier día con ella
te ha vuelto a hacer temblar.

 ...ahora
que te has acostado y despertado junto a todo su ser
mientras su cuerpo estaba en el otro extremo de la ciudad,
demasiado al norte de tus suspiros
como para que vuelvas a tropezarte,
como para que vuelva a equivocarse,
como para que VUELVA
y,
ya sabes...
todo vuelva.

 ¿Qué va a decir tu ilusión cuando se entere?
¿Cómo se explica esto en su idioma?

 ¿Otra vez te has buscado tanto...
tanto...
tanto...
que has acabado encontrándola a ella antes que a ti mismo?

 ¿Por qué no dejas de inventarte remedios
y les cuentas a todos de una vez
que desde que se fue
ya siempre te cubres cuando llueve?
Que has vuelto a soñar con ella
y que esta vez estaba tan cerca que...
que casi podías...

 ¿Adónde se irán los deseos que nunca acertaron,
los deseos idiotas,
los que jamás supieron cumplirse?

 ¿Y tú?

   ¿Adónde

      irás

        ahora?

Diego G. B.


jueves, 25 de junio de 2015

La vida a orillas del Rin


Hace mucho tiempo, en la región de Renania comenzó a contarse una historia acerca de las vidas que nunca vivimos.

En una de las impredecibles curvas del río Rin, se encuentra una enorme roca contra la que de noche chocaban los barcos pesqueros con frecuencia, provocando miles de muertes cada año. La tragedia era tal, que las gentes de la zona comenzaron a atribuir el desastre a un ser mitológico que habitaba en aquella roca.

Y así fue como en las aldeas y los bosques de la región comenzó poco a poco a hablarse de Loreley, una preciosa sirena que enamoraba a los pescadores con canciones que hablaban de un mundo de belleza incomparable y de lo felices que podían llegar a ser si se entregaban a ella. Muchos de ellos, que malvivían vendiendo lo que pescaban y carecían de sueños que fuesen más allá que llegar a casa para cenar un día más, se dejaban convencer por su voz y sus encantos... y, en busca de mundos mejores, en busca de otras vidas, se iban con ella para siempre.


Hoy, el valle del Rin es una zona mucho más tranquila, ya nadie se deja la vida en esa curva del río y Loreley es sólo el nombre de aquella roca, ahora coronada por la escultura de una misteriosa sirena cuya historia poca gente del lugar realmente conoce. Dicen que si hablas con los habitantes de ciertas zonas del valle, te sorprenderás al ver que muchos de ellos son incapaces de concebir que exista mundo más allá de sus propias fronteras. Cuentan que otros muchos saben que la vida puede ser más feliz fuera de ellas, pero se quedan allí por miedo de comprobar que sus sospechas sean ciertas.

Y ahora me estoy dando cuenta de que quizá muchas de nuestras vidas sean justo así. Quizá vivamos pensando en que un canto de sirena nos pueda hacer creer en algo más bonito y temamos verlo pasar ante nuestros ojos sin poder alcanzarlo jamás. Tal vez nada nos haga sufrir más que lo que no hemos vivido. Puede que el miedo a creer que podemos ser felices sea más fuerte que el deseo de serlo.


- Life... Life is all right on the Rhine?
- No, but I know I would have nowhere to go.