miércoles, 30 de enero de 2013

Cifras y letras

- Nací el cuarto día del cuarto mes de 1985. De aquí parten dos conclusiones innegables: que tengo 27 años y que mi número favorito es el 4.

- Mido 1 metro y 84 centímetros. Puede parecer mucho pero no lo es, de verdad. A mí al menos todavía no me ha servido para alcanzar algunas de las cosas que siempre he deseado. Ni siquiera saltando, así que al final puede que acabe reconociendo que los puntos de apoyo quizá no estén tan mal.

- Peso 71 kg. A veces me encanta que sea así y otras me parece demasiado poco. Decidirme por una u otra opinión no me serviría de nada, la genética se empeña en demostrarme que esta cifra tiene poco margen de cambio.

- Calzo un 44. Y esto sí que debe de ser mucho porque no hay duda de que piso demasiados charcos. Y lo peor es que hay algunos cuya profundidad no llego a conocer hasta que no tengo el pie bien dentro.

- Tardé poco más de 5 años en sacarme los 5 cursos de mi carrera. No me sirvieron para aprender todo lo que me habría gustado, pero sí para sacar 3 matrículas de honor en otras tantas asignaturas tan importantes que no recuerdo ni sus nombres. También para tener el absurdo honor de haber aprobado 19 asignaturas en el último año; absurdo porque si en ese curso tenía tantas por aprobar significa que igual hubo algo que no hice muy bien en los años anteriores. Pero la gente, en lugar de darse cuenta de esto, suele preferir asombrarse y decir: “¡Hala! 19…”.

- Siempre me ha dado un poco de miedo pensar en cuántos amigos de verdad tengo. Y odio la expresión “mejor amigo/a”, pero hay dos de mis amistades por quienes haría cualquier cosa, y ellos lo saben. Que sean felices es uno de mis objetivos personales, y si nunca se lo he dicho se estarán enterando ahora mismo. En algún caso, hasta coloreo su felicidad de atardeceres naranjas, playas calmadas y sabores dulces. Otras veces, no huele a mar.

- He jugado en tres equipos de fútbol. En toda mi vida, sólo he tenido dos lesiones serias. La parte mala es que ambas ocurrieron en el mismo partido. Y la parte irresponsable es que ese día seguí jugando hasta el final.

- Podría escribir aquí el número exacto de noches que he pasado sin dormir en una habitación de hospital. Pero perdí la cuenta, señal de que han sido demasiadas. Suficientes como para enseñarme a entender la vida de una forma distinta a como lo hacía antes. Cada noche me trae a la memoria lo lentas que pasan las horas en otros lugares que no están tan lejos, y también lo cerca que estamos de perder cosas sin las que no estamos acostumbrados a vivir.

- La miopía y el astigmatismo se han quedado a vivir en mis ojos en forma de varias dioptrías: concretamente 3’25 en el derecho y 3’50 en el izquierdo. Al menos están bien repartidas.

- He estado en cuatro países: España, Túnez, Italia e Inglaterra. Y tres veces en Santander, la ciudad de la que nunca me voy y a la que siempre regreso.

- Vivo en el piso 3 del número 6 de alguna calle madrileña.

- Tengo dos hermanos que son simplemente imprescindibles para mí. Junto con mis padres, hacen que sumemos cinco en casa, aunque puede que este número no dure mucho. El que sí deseo que se mantenga es el de mis tres abuelos, los únicos que he llegado a conocer.

- También tengo dos “hermanas” gemelas con las que mantengo una relación que algún día debería ser objeto de estudio.

- Uso 6 perfumes diferentes, pero últimamente me siento mejor con One Million, de Paco Rabanne.

- En mis montañas guardo 12 películas de Woody Allen, 8 discos de Quique González y 6 libros de Murakami. De entre esos libros, hay uno que tengo en 3 idiomas.

- En mi reproductor de música hay hoy 5.349 canciones dando vueltas, aunque algunas suenan casi a diario. Si le doy a “Reproducir todas las pistas”, la primera es "Amor" se escribe con llanto. La última es もう少し自分のこと、きちんとしたいの. Preciosas las dos.

Lo que no hay en mi vida es dieces... Me cuesta encontrarlos, y por eso me sentí tan mal cuando hace unos días alguien volvió a incluir la expresión “chico 10” al hablar de mí. Nada más lejos de la realidad.

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domingo, 13 de enero de 2013

Palabras que apagan incendios


 No sé exactamente cuándo me di cuenta de que escribir se había convertido en una forma de vida para mí. En el colegio, estudiando Secundaria, recuerdo a una compañera robándome cada semana mi archivador para leer las frases bonitas que se me iban ocurriendo y que escribía en las páginas de cartón que separaban cada asignatura. Ya en el instituto y en la universidad, no era difícil encontrar entre mis apuntes de vez en cuando alguna hoja con ideas o versos que se me iban ocurriendo, o directamente un relato en sucio lleno de tachones y de correcciones interminables, con flechas reordenando párrafos y sinónimos apuntados en el margen para evitar repetir palabras. Luego me di cuenta de que dos de mis objetivos en la vida (publicar un libro de relatos y aprender a tocar la guitarra para construir mis propias canciones) estaban muy relacionados con mi obsesión por la palabra escrita. Pero no, no sé cuándo comenzó todo, supongo que me cuesta encontrar el momento exacto en el que empiezan a ocurrir ciertas cosas en mi vida.

 Lo que sí sé es el motivo. Creo que las personas nacemos con el impulso natural de expresarnos, de que el mundo sepa lo que queremos o lo que sentimos. Como si se tratase de una necesidad básica más, como dormir, como comer. O como amar y ser amados, que siempre ha sido la primera en mi planeta. Puede entonces que ahí comience todo, porque la verdad es que soy un desastre comunicándome de las formas más habituales. Hasta hace poco, mi odio a hablar por teléfono era mundialmente conocido. Y desahogarme delante de amigos nunca ha sido mi estilo, disfruto mucho más escuchando la vida de la gente que contando la mía, lo cual convierte a veces mis conversaciones con amigos en algo bastante desequilibrado donde mi voz no se escucha más del diez por ciento del tiempo. Para colmo, cuando tengo delante a alguien que consigue el milagro de acelerarme el corazón, se me derrite la mirada en la suya y soy incapaz de demostrar que me muero por saberlo todo sobre su persona. Y entonces tiendo a pensar que cualquier cosa que le cuente le parecerá una tontería, y de repente me convence la idea de que parecer tonto es mucho mejor que demostrarlo. Y sí, es justo en ese momento cuando parezco un absoluto e inexpresivo idiota. Así que, tal y como están las cosas, no parece muy raro que ésta sea la mejor forma de expresión que he encontrado.

 Estoy cansado de ver a gente que merece cosas y no las tiene. Una de las personas que siempre querré cerca dice que yo nunca quiero llevarme el mérito de nada, y debe de ser verdad porque yo aún no he conseguido averiguar dónde está lo bueno de acumular méritos. Por eso siempre que alguien me dice que le ha gustado algo que he escrito, acabo pensando que lo ha debido de entender mal, que el texto le ha transmitido cosas que yo no pretendía decir. Me cuesta aceptar la idea de que realmente he llegado a tocar la sensibilidad de alguien o que he podido transportar a esa persona al paisaje que yo tenía en la cabeza antes de escribir una historia. Aun así, no puedo evitar sentirme la persona más llena del mundo cuando alguien me dice que he conseguido que sienta cositas a través de las palabras. O cuando ocurre algo como lo de hace unos meses: escribí un pequeño relato a partir de una canción de uno de mis grupos favoritos y, poco después, recibí un mensaje de los miembros de la banda diciéndome que les había encantado. Uno no escribe para llegar a eso, pero sin duda hay cosas que le dan más motivos aún a lo que se hace.

 De alguien que le da mil vueltas a todo no se puede esperar otra cosa: a cada palabra que escribo no le doy mil, sino un millón de repasos. Además, padezco demasiadas veces de lo que yo llamo “síndrome de las noches valientes seguidas de mañanas realistas”, que consiste en escribir auténticas parrafadas antes de acostarme, y que luego a la luz del día me parezcan absolutas tonterías. Así es como se quedan miles de palabras abandonadas para siempre en folios y así es como la tecla “borrar” de mi portátil acaba perdiendo hasta el dibujo.

 Una vez escuché a Enrique Urquijo (mi referente artístico número uno desde siempre) decir que si sus composiciones eran siempre tristes no era porque él estuviese siempre así, sino porque cuando se sentía bien lo que le apetecía era disfrutarlo, no ponerse a escribir. Yo llegué a pensar que me ocurría algo parecido, pero no es así. A mí lo que me pasa es que la felicidad no me inspira nada. Lo cual no quiere decir que no crea en historias felices ni que no me guste escribirlas, sino que me siento más a gusto si el decorado tiene algo de oscuridad, aunque la escena principal sea luminosa. También reconozco ser algo monotemático, y es que a mí me pasa como al de la novela de Ray Loriga: sólo sé hablar de amor. Pero el amor tiene tantos nombres, tantas formas, tantas demostraciones, que nunca he llegado a sentirme repetitivo. Por eso es lo más grande que existe (a veces creo que si el amor se cansase de este mundo y decidiese desaparecer, el planeta dejaría de girar y nos caeríamos todos… hasta tal punto llega mi tontería).

 Con todo esto, siempre acabo pensando que en el fondo lo que escribo es para mí. Que cuando acabo un texto y lo publico en estas páginas azules lo hago sólo para dejar de pensar en cómo mejorarlo (mi perfeccionismo crónico). Pero sobre todo, lo que acabo pensando es que éste es mi camino, el que voy a seguir toda mi vida, y que es mi mejor forma de sacar fuera lo que me arde dentro. Palabras que apagan incendios.

Diego García
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miércoles, 2 de enero de 2013

domingo, 9 de diciembre de 2012

Sus noches. Todo.


 Se había olvidado ya de aquella esperanza de las primeras tardes en las que soñaba con conquistarla, con que un día de repente ella viera en él lo que estaba buscando (a saber lo que esa chica estaría buscando, pensaba). Aun así, seguía quedando con ella. Aun sabiendo que, en sus largos paseos, ella jamás iba a sentir la necesidad de cogerle de la mano. Pensando incluso que quizá su cabecita estuviera pensando en otra persona. Asumiendo que sus enormes ojos nunca serían lo primero que vería algún día al despertar. Aceptando que, a diferencia de sus sueños, la vida real no necesita ni busca finales bonitos. Pisando sus propias alas.

 ¿Y por qué seguir viéndola?, le preguntaban todos. Él siempre decía que era casi ya por inercia, porque si no con quién iba a pasar las tardes de viernes. Pero no. Eso no era verdad, y sus amigos se habrían dado cuenta si se hubieran fijado bien en sus ojos mientras lo decía. Pero sus amigos no estaban allí cuando ella y él se sentaban alrededor de una mesa y dos vasos de lo que fuera y comenzaban a contarse su semana como si no se la hubiesen contado jamás a nadie antes. Ellos no estaban cuando esa loca apoyaba su cabeza en las piernas de él en cualquier parque de Madrid y se ponía a explicarle por qué se sentía invisible en su casa y las ganas que tenía de huir. Ni cuando se sacaba del bolso su barajita de cartas y se pasaban horas picándose al tute. Tampoco cuando decidieron olvidarse del mundo y tomar aquel tren que les llevó a la orilla del mar. Pero al parecer no, sus amigos no se enteraban de la enorme mentira que les estaba contando cuando les hablaba de inercia, de costumbre… No. No se daban cuenta de que seguía viéndola por miedo a que no hubiese vida después de su sonrisa.

 Pero una de esas tardes, ocurrió. Ella interrumpió una de sus infinitas bromas compartidas, se olvidó de sonreír, congeló su mirada, y ocurrió. Se hizo el silencio, desapareció el mundo… y ocurrió.

 Y de repente, todo.

 Sus sueños de niña pequeña y los que tuvo cuando no quiso crecer. Sus gustos. Sus manías. Su ropa. Sus juguetes. Sus tonterías. Sus bolas de nieve. Sus libros. Sus carpetas llenas de hojas repletas de desvelos escritos. Su azul eléctrico. Su mirada desolada, su mirada perdida. Sus colores inventados. Su ilusión en obras. Sus besos al aire. Su piel, ese mapa de paraísos por descubrir. Sus aterrizajes forzosos, sus despegues fulgurantes. Su morderse los labios. Su olor a deseo. Sus peleas entre instinto y razón. Sus guantes blancos de ladrona. Sus pijamas. Su forma de caminar. Sus saltos al vacío. Su corazón de caramelo, sus piruletas de corazón.

 Sus noches. Las que pasó abrazada a sus peluches. Las cortas. Las que comenzó llorando hasta que se rompieron sus ojos y la venció el sueño. Las que regaló a cuerpos equivocados. Las que malgastó entre excusas para sentirse cómoda. Las de invierno. Las de taparse hasta la cabeza sin tener frío. Las que dedicó a escuchar canciones tontas de amor. Las de “a dormir, ya no pienso más” dos horas antes de dormirse. Las de despertarse mil veces. Las que se juntaron con los días. Las de meterse libros en la cabeza y la cabeza entre libros. Las que apostó y perdió, o ganó. Las de echar de menos un besito de buenas noches. Las de Reyes esperando a las 9:00. Las de hospital. Las de ver el mundo dormir desde su ventana. Las que todavía duran. Las que no acababan nunca.

 Todo eso le regaló aquella tarde.

 Todo, menos su maldita memoria. Ésa decidió guardarla. Para siempre. Para ser feliz.

(DIEGO GARCÍA) 

“Y es que me salen rosas de la boca 
cuando me preguntan por ti…” 


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miércoles, 21 de noviembre de 2012

Además...

"Se ha vuelto loco", dijo su portera al verle salir, cabizbajo y ensimismado, con la apariencia esquiva y el caminar acelerado de un hombre que ha contraído deudas imposibles de pagar. 

"Está siempre solo", añadió con enorme disgusto la dichosa portera, para después forzar una pausa que presagiaba un juicio definitivo, "y sin embargo, a veces se le ve estúpidamente contento... y además, ya sólo habla de amor".


(Ya sólo habla de amor, Ray Loriga)


Así empieza Ya sólo habla de amor. Sólo leyendo el primer párrafo ya sentí la necesidad de saber cómo continuaba. Descubrí hace poco a Ray Loriga y creo que me va a acompañar por una temporada, estoy deseando leer varias de sus obras. Me parece que tiene mucho que aportarme y ya está entre mis autores de cabecera. Si os animáis vosotros también a entrar en su mundo, lo mejor que podéis hacer es empezar consultando en BuscarLibros, el mejor buscador que conozco de este tipo. Además, las personas que hay detrás del proyecto son encantadoras y lo llevan con la mayor ilusión.

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lunes, 5 de noviembre de 2012

Niña loca... Niña loca...


 Existe una leyenda griega que habla de Eco, una ninfa alegre y juguetona. Su voz era tan bonita que la diosa Hera se pasaba horas mirándola bailar y cantar. Pero mientras esto sucedía, Zeus, el esposo de Hera, aprovechaba para tener aventuras con las otras ninfas del lugar. Cuando esto llegó a oídos de Hera, la diosa ardió en cólera. Como no podía pagar su furia con Zeus, rey de los dioses, decidió condenar a Eco para evitar que también le traicionase con ella al igual que había hecho con otras tantas ninfas. Y su castigo fue dejarla para siempre sin su mayor atractivo: su voz y su alegría. A partir de ese momento, la joven sólo sería capaz de repetir las últimas sílabas de cada frase que escuchaba, y jamás podría expresar sus sentimientos, fuesen cuales fuesen. Eco, sumida en su tristeza, huyó al campo, donde se refugió en una cueva cercana a un riachuelo.

 Narciso era un joven de una belleza increíble. Tal era su atractivo, que un conocido adivino aconsejó a su madre que retirara todos los espejos de su casa, de forma que el joven Narciso jamás viese su imagen reflejada, pues las consecuencias serían fatales. Así lo hizo, y el chico creció sin ser consciente de su propia belleza. Esto le hizo alejarse de la vida social, y no era difícil verle paseando en solitario por los parajes de la zona.

 Una vez, Narciso pasó cerca de la cueva donde se había exiliado Eco. La ninfa le vio y se enamoró de él al instante. Desde ese momento, Eco se sentaba cada día en el mismo lugar a esperar el paso del joven sin que él advirtiese su presencia. La lluvia, el frío… nada le importaba tanto como para impedir que su esperanza se llenase de él una tarde más. Cierto día, Narciso se detuvo a observar las cristalinas aguas del pequeño río que pasaba junto a la cueva de Eco, y se quedó absorto contemplando su propio reflejo después de toda una vida sin poder hacerlo. La belleza que a sí mismo se despertaba le hizo frecuentar ese riachuelo, lo cual hacía feliz a la ninfa, que podía ver a su amado casi a diario.

 Pero una tarde, mientras le observaba admirada, no se dio cuenta y pisó una rama. El sonido al romperse hizo que Narciso se girase y descubriese a Eco allí, sentada donde siempre se escondía. Entonces él le preguntó su nombre, se interesó por el motivo de que estuviese allí, quiso saber más cosas de la joven que un día fue capaz de alegrar a los dioses… pero ella, víctima de su castigo, sólo pudo responderle con las últimas palabras que él iba pronunciando al preguntar. Esto despertó las carcajadas de Narciso, que la tomó por loca y no la tomó en serio. Eco rompió a llorar y corrió hacia su cueva, de donde jamás volvió a salir. Cuentan quienes pasan por allí que todavía se escucha la voz de la joven enamorada, repitiendo las últimas palabras que escuchó de él: “Qué tonta… Qué tonta...".

 Narciso nunca supo que el corazón de Eco ardía cada vez que él estaba cerca. Sólo acertó a burlarse de ella y no se dio cuenta de que, aun estando privada de su capacidad de expresarse, le estaba diciendo todo lo que su corazón le dictaba cada vez que le veía. Ni siquiera su condena estaba siendo capaz de evitar que de sus labios brotasen las palabras más bellas, pronunciando entre lágrimas la declaración de amor más triste del mundo…

 (DIEGO GARCÍA) 

- ¿Quién eres tú, niña loca?
- Niña loca… Niña loca… 
- Muero antes que darte un beso.
- Darte un beso… Darte un beso… 
- Quiero estar solo en el río.
- En el río… En el río…
- ¿No pensarás que te quiero?
- Te quiero… Te quiero… Te quiero… Te quiero… Te quiero… Te quiero… 

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lunes, 29 de octubre de 2012

Caminos erróneos

 Lo amaban, ni más ni menos, y se sacaba cada mañana las espinas del sueño. Juraba y maldecía, y se enredaba en la alambrada de la mansa rutina. Vivía como tú o como yo, los viernes por la noche iba a buscar a su amor. Fumaba tranquilo, planeaba la semana… y ella le arrancaba el cigarro y lo besaba. Y un día lo mordió el virus del miedo, entendió que las mujeres nunca tienen dueño, y temió que ella marchase, que se agotase el manantial sin un porqué. Venció el miedo y faltó a la última cita. No descolgó el teléfono que aullaba en la mesilla, y el temor a la derrota lo agarrotó como un calambre, sin un porqué. 

 Duro, intenso y precario, se enfrentaba cada día al oleaje en el trabajo. Y una mañana, la cobardía lo paralizó en la puerta y no entró a la oficina. 

 Volvía a despertar, y empezaba el periódico, como tantos, por detrás. Vio y sintió la noche del planeta y su desastre, tuvo miedo y decidió no salir a la calle. 

 Y ahí lo tienes, encerrado en casa. Temblando como un niño, sellando las ventanas para no ver ni escuchar, sentir, notar la vida estallando fuera. Por miedo a sentir miedo, fue a la cama. Como una oruga se escondió y, envuelto entre las mantas, se durmió. Hizo humo el sueño y se olvidó del mundo por miedo a despertar. 

 Aún sigue dormido. Pasaron los inviernos y aún sigue escondido, esperando que tu abrazo le inocule la vacuna y elimine el virus del miedo y su locura.

(Ismael Serrano)


   
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domingo, 21 de octubre de 2012

Suerte tendré si me mira...

Gracias a vosotros: Xavi, Víctor, Enric y Pau.



Vida…
como un cigarro medio encendido, medio apagado. 

Dudas… 
papeles que acaban juntos amontonados. 

Suerte… 
suerte tendré si la veo, suerte tendré si me mira. 

Ratos… 
los cuento, los archivo, los disfruto, los olvido...  
como olvido lo que siento, y presiento que no será bueno. 
“Bueno, mejor lo dejo”… “Bueno, mejor lo olvido”…

Cazo las palabras con una red, 

como si fueran mariposas.
Todos los sueños de alquiler
haciendo doble fila.
Te veo y veo el sol.
No te preocupes si me quemo,
no te preocupes, ya lo intento apagar yo.

Río…
y cuando río, me alejo de lo triste.
Cena… 

cenaste tú, yo hice de vela, sudando cera. 
Será que no,
que no te hago tanto mal… 

Malo sería hacerte daño.

Cazo las palabras con una red, 

como si fueran mariposas.
Todos los sueños de alquiler
haciendo doble fila.
Te veo y veo el sol.
No te preocupes si me quemo,
no te preocupes no, ya lo intento apagar yo. 


Tú sólo ven a mi nube, te mando la dirección:
último piso, preciosas vistas, sin ascensor.
No tengas prisa, no tengo planes para hoy
y los planes de mañana mejor los hacemos juntos.



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sábado, 13 de octubre de 2012

Suelo fijarme mucho en todo el cielo…

     Me encantan los primeros días del otoño, me parecen enormemente inspiradores, pegan con la mayoría de las canciones que me gustan y con todo lo que escribo. Odio el queso fundido en las hamburguesas y la crema de calabacín. No puedo vivir sin viajar cada cierto tiempo, necesito hacerlo para ser feliz, para encontrar nuevos caminos. Echo de menos las tardes en el pueblo y los veranos en familia. Me siento feliz cuando tengo el mar cerca y lo puedo escuchar, respirar, sentir… Puedo decir “poco a poco” y a la vez pensar “toma el acelerador, úsalo cuando quieras”. No me gusta cuando me despierto y sé perfectamente cómo va a ser mi día. Creo en el amor por encima de todo, con todos los golpes que eso conlleva. Soy un obseso de los dientes blancos. Podría vivir en Santander. Siempre me ha costado mantener grandes amistades, pero este verano me he dado cuenta de lo necesarias que son. Me encanta la música, el teatro y el cine. Mi color favorito es el naranja, pero no para vestir. Creo que nadie debería ir al médico solo, y cuando me entero de que alguien lo va a hacer, me pongo muy cabezón por acompañarle. De pequeño era capaz de cruzar en rojo y después mirar si venían coches, y ahora creo que ahí comenzó todo. Siempre he querido saber si tengo acento madrileño. Últimamente me obsesiona un poquito el paso del tiempo. Me encanta “The Big Bang Theory”, y me da lo mismo si el capítulo que están echando lo he visto ocho veces. Podría estar toda la vida comiendo tortilla de patata. Nunca he formado parte de una pandilla de amigos. Tengo enormes colecciones de cromos de algunos de mis deportistas favoritos. Mi prioridad en el cuerpo de una chica son los ojos, la sonrisa y las manos. Cada día me acuerdo del partido en el que me hicieron polvo el tobillo y cinco minutos después se me salió un hombro. Estoy superando mi fobia a hablar por teléfono. Opino que The Beatles lo inventaron casi todo. Me cuesta creer que algún día seré tan feliz como en mi infancia, pero no por ello dejo de intentarlo. Me muero por cambiar de móvil y de reproductor de mp3, pero amo a mi cámara de chocolate. Siempre defenderé a Fernando Torres; y cuando no haya motivos, más. Soy incapaz de escuchar una canción en inglés sin intentar entender la letra. Nunca olvidaré aquellas noches de hospital. Me encantaría pasear otra vez por el Trastevere, aunque sólo fuera un ratito. No sé montar en bici. Me lo pasé genial en Selectividad. Me encanta que una chica me haga reír y necesito que sean más atrevidas que yo. No me gustan nada de nada las tiendas de animales, pero puedo estar horas en las de juguetes. Fui un muy buen estudiante hasta que acabé la carrera, pero ahora ya no lo hago tan bien. Odio las aglomeraciones de personas y los gritos. Siempre estoy dispuesto a descubrir series de televisión nuevas. De pequeño lo pasaba fatal en el coche, me mareaba sólo con entrar en el garaje de mi padre. Sé muy bien lo que es el estrés y la ansiedad, y uno de mis principales objetivos en la vida es no volver a sufrirlos. Aunque haya pasado Navidades muy difíciles, nunca perderé mi espíritu navideño. Estoy en plena operación V.T.L.P.D.W.A. (“ver todas las películas de Woody Allen”). Siempre me han vuelto loco los hoteles, y tengo una lista de algunos a los que acabaré yendo, aunque estén en mi propia ciudad. Me encantan los videojuegos de fútbol. No soporto el calor asfixiante de Madrid en verano, me pone hasta de mal humor. No suele apetecerme desayunar. Soy terriblemente detallista cuando alguien me importa de verdad. A día de hoy, mi canción favorita del mundo se llama “Postcards from Italy”. Creo que cuando más guapas están es cuando se despiertan. Tengo una extraña sensación de esperanza cuando veo a un niño vestido del Atleti. Cada vez veo más cine en versión original. Ya sé cómo quiero llamar a una futura hija. No suelo rechazar propuestas para ir a conciertos. Me encantan las camisetas y jerseys de rayas. Cada vez que escucho “Para ti” me acuerdo de cuando tenía 15 años y me la dedicó mi madre. Creo que Messi y Cristiano son, en ese orden, los dos mejores jugadores de la historia. El sonido del bandoneón me tiene enamorado, fue un amor a primera vista al escuchar por primera vez la canción “Los aviones” de Andrés Calamaro. Necesito volver a Londres. Soy muy pero que muy fan de probar nuevos cocktails, aunque al final muchas veces acabe pidiendo un San Francisco; en cualquier caso, me encanta ir a descubrir sitios donde los preparen. El libro que más me ha marcado en mi vida ha sido “Tokio blues (Norwegian wood)” de Haruki Murakami. Siempre digo que me voy a hacer una cuenta en Twitter pero al final nunca lo hago, seguramente por miedo a un fracaso absoluto. Visitaría cualquier lugar del mundo si es en buena compañía. Estoy muy orgulloso de tener las camisetas de los equipos a los que he pertenecido, con mi nombre y el 10 a la espalda. Soy adicto a muchas cosas, como el Nestea o los caramelos Solano de fresas con nata. No soporto que me hablen de que hay un destino, de que las cosas pasan así porque así estaba escrito y de que en realidad da igual lo que hagamos porque lo que tenga que pasar pasará... espero no creerme nunca esas mentiras. Tiendo a alargar demasiado los días y a acostarme más tarde de lo que quisiera. No me voy a morir sin conocer Rovaniemi. Siempre estoy deseando que sea mi cumpleaños, pero cuando llega lo que quiero es que se pase pronto porque odio ser el centro de atención. Cuando me gusta una canción y la empiezan a poner en la radio, deja de gustarme. Hay muy pocas cosas que tomaría en cualquier momento, pero una de ellas es el granizado de sandía de Llaollao. Sé que la soledad me persigue. Me cuesta mucho olvidar una mentira de alguien querido. Me encanta viajar en tren. No concibo la vida sin ilusión. No acepto el amor sin pasión y libertad a partes iguales. Adoro esta canción…


   

Suelo fijarme mucho en todo el cielo, 
llevo haciéndolo desde pequeño. 
Pienso que tal vez llegue una señal… 

Veo las luces y no son estrellas. 
Lento, después tan rápido y se quedan 
lejos, aunque se intentan acercar. 

Recuerdo una película, hace tiempo, 
en la que todo era perfecto. 
Bajaban todas hasta el suelo 
y hacían música en lugar de hablar. 

 Quiero bajarme y verlas más de cerca 
y ver cómo abren esa puerta, 
y que me lleven donde quieran 
a pasear un rato más. Callad… 

Suelo fijarme mucho en todo el cielo, 
llevo haciéndolo desde pequeño. 

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viernes, 28 de septiembre de 2012

La derrota


Hasta mamá lo sabía, y cuando se dio cuenta, se echó a llorar, y me pidió perdón y todo, y eso que yo no protesté, no dije ni media, yo, y no se me notaba en la cara, ni de coña, venga, eso son rollos de Mon, cómo iba yo a protestar, si aquí, ahora, no abre el pico nadie... Pues sí, para protestar está el patio, como si no tuviéramos bastante ya... Y eso también es una putada, o sea, no poder protestar, no poder suspender ni una, llegar siempre dos minutos antes de la hora, poner la mesa y esos rollos. Y no es que nos lo haya dicho nadie, pero Mon y yo... No sé, los dos sabemos que ahora no podemos meter la pata, ni siquiera sabemos si podremos volver a meterla alguna vez, y yo a veces pues no tengo ganas de nada, y lo único que me apetece es estar sin misión, tirado en la cama, o liarme a patadas con la puerta de mi cuarto, y no puedo hacerlo, claro... ¡Buah! Vaya mierda de equipo que tenemos este año, como sigamos así nos van a meter catorce. Y tú no eches una mano, déjalo, no te molestes... Yo no sé para qué me empeño... Y como tampoco puedo chillar, ni soltar tacos... Bueno, por lo menos de los gordos, que son los que más consuelan. Hasta que mi viejo se levante y se vaya, que no creo que llegue al descanso, porque ya no mira la tele siquiera... Cuando me he sentado aquí, me lo ha dicho, “no te hagas ilusiones, Rafa, hazte a la idea de que ya hemos perdido”. Y yo no he querido contestarle nada, por si no estaba hablando sólo del partido… 
(Fragmento de Demostración de la existencia de Dios, 
 relato incluido en la obra Estaciones de paso, de Almudena Grandes)



En épocas raras siempre recurro a los mismos autores. Recomiendo totalmente cualquier relato de Almudena Grandes. Estaciones de paso recoge algunos de ellos, como éste del que hoy dejo un fragmento. Si os animáis a darle una oportunidad, no dudéis en pasaros por buscarlibros.com y encontraréis el mejor precio posible entre todas las tiendas especializadas:

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