lunes, 3 de junio de 2013

Aquellos ojos verdes como el mar...

[Balcón del Grand Hotel Excelsior Vittoria, en Sorrento, donde Enrico Caruso decidió entregar su último soplo de vida al amor]

 Hace años, investigando sobre los cinco minutos musicales más emocionantes para mí, descubrí que la canción hablaba de un hecho real: la muerte de Enrico Caruso.

 Muy de vez en cuando, la vida escribe guiones perfectos, en los que la última escena le da valor a todo lo anterior. Como en una maravillosa película, el argumento va hilando una historia que alterna y entrelaza tantas luces y tantas sombras que al final es imposible entender unas sin la existencia de las otras. Pero la vida sigue su camino hasta que se apaga… y entonces, cada segundo vivido, desde la primera sonrisa hasta la última lágrima, tiene sentido por el mero hecho de formar parte del camino recorrido hacia un momento único que justifica todo lo anterior. Quizá para recordarnos que el amor más profundo siempre supera al más intenso de los dolores. Siempre.



 Finales del mes de Julio de 1921. Estamos en Sorrento, sur de Italia. Enrico Caruso, probablemente el mejor tenor de la historia, padece un cáncer de garganta que le provoca dolor hasta al hablar. Está profundamente enamorado de una chica a quien da clases de canto, pero él sabe que a su vida quizá le queden ya muy pocos capítulos como para que uno sea de amor.

 Una noche de aquel verano, no puede resistirse a esos ojos que le miran con admiración y decide sobreponerse al terrible dolor de su enfermedad para así poder cantar para ella una sobrecogedora mezcla de sufrimiento y el más puro amor.

Te voglio bene assai. 
Ma tanto, tanto… bene sai. 
É una catena ormai 
che scioglie il sangue dint' e' vene sai. 

 La fuerza de su voz y la belleza de su canto atrajeron a los pescadores de alrededor, que acudieron al puerto y se pararon allí, a la orilla, para escucharle. Y la luz de sus barcas hizo que Caruso recordara los días de gloria, las noches que pasó observando los enormes edificios de Nueva York, donde se hizo famoso por sus actuaciones en el Metropolitan Opera. Por un instante, le pareció estar en su mejor momento, en la plenitud de su carrera.

 El dolor era insoportable, pero ni lo siente cada vez que mira a su amada apoyada en el piano, observándole serenamente con atención. Por eso no deja de cantar para ella. Por eso continúa su eterna declaración de amor.

 Esa misma noche, por el esfuerzo realizado, su estado de salud se deterioró más aún y dos días después, el 2 de Agosto de 1921, el corazón enamorado de Enrico Caruso dejaba de latir para siempre.

 Así es como late esta canción, entre la pasión y el dolor, entre la vida que se enciende en los ojos de una mujer y la muerte que espera y es esperada, entre las luces del ayer y el esplendor de un mañana que él sabía que nunca existiría. Pero sobre todo late con el amor, que a veces consigue que cinco minutos valgan más que una vida entera. Así fue su último concierto. Y éste fue su público: los pescadores, el mar oscuro y profundo, las estrellas, la luna clara del último verano… y ella.
(Diego García)
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 TRADUCCIÓN DE LA LETRA 

Aquí donde brilla el mar 
y sopla fuerte el viento, 
sobre una vieja terraza 
ante el golfo de Sorrento, 
un hombre abraza a una muchacha 
después de haber llorado. 
Tras aclararse la voz, 
vuelve a comenzar el canto: 

 “Te quiero mucho. 
Pero tanto, tanto… ¿sabes? 
Es casi como una cadena 
que funde la sangre de mis venas, ¿sabes?” 

 Vio las luces en medio del mar 
y pensó en las noches allí en América, 
pero eran sólo los faros de barcos 
y la blanca estela de una hélice. 

 Sintió el dolor en la música 
y se levantó rápidamente del piano… 
pero cuando vió la luna salir tras una nube, 
le pareció dulce hasta la muerte. 

 Miró en los ojos de la muchacha, 
aquellos ojos verdes como el mar… 
de repente apareció una lágrima 
y él se creyó ahogar. 

 “Te quiero mucho. 
Pero tanto, tanto… ¿sabes? 
Es casi como una cadena 
que funde la sangre de mis venas, ¿sabes?” 

 La fuerza de la lírica, 
donde cada drama es ficticio, 
que con un poco de maquillaje y con mímica 
puedes convertirte en otro. 

Pero dos ojos que te miran 
tan cercanos y sinceros 
te hacen olvidar las palabras 
y confundir el pensamiento. 

 Y entonces se vuelve todo más pequeño, 
incluso las noches allí en América, 
y miras atrás y ves tu vida 
como la estela de una hélice. 

 Y sí, es la vida que se acaba, 
pero él ya no pensaba tanto en ello. 
Al contrario, ahora ya se sentía feliz, 
y volvió a comenzar su canto: 

 “Te quiero mucho. 
Pero tanto, tanto… ¿sabes? 
Es casi como una cadena 
que funde la sangre de mis venas, ¿sabes?” 

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martes, 30 de abril de 2013

2.000 razones


 Lo que no sabías es que aquella noche sería la última. 

 Ya se había ido el sol cuando, como cada viernes, comenzaste a guardar tu semana en el cajón y a tapar tus recuerdos bajo capas de maquillaje. Últimamente tu vida no estaba siendo más que una carretera sin señalizar y habías decidido recorrerla dando bandazos, sin saber siquiera si las vallas pudiesen llegar a desaparecer y cualquier día te alejases del camino para no volver jamás. Pero no pensabas en ello, y aquella noche lo único que te preocupaba era no ser la del espejo. Eso, y acordarte de tomar esa pastilla rosa que tus amigas te habían prohibido porque sacaba eso que nunca habían visto en ti. Las mismas amigas que últimamente se habían acostumbrado a ver tu preciosa mirada perdida en clase y que ya habían empezado a dejar de contar contigo para sus planes. Las que no recordaban tu sonrisa. Las que ya no sabían cómo ayudarte. 

 Pero a ti no te importaba salir sola, sabías que en un rato todo el mundo querría incluirte en sus planes. Tampoco allí ibas a escuchar un “te quiero” o un “te echo de menos” como los que te estabas cansando de necesitar, pero qué más daba. Saliste de tu piso de alquiler y de ti misma, deseando ensuciarte las manos de vida y volver a casa de madrugada con el alma despeinada. Como cada noche de viernes. Como cada noche hasta aquel viernes. 

 Nunca se te había dado bien preguntar por qué, ni reconocerte en problemas. Te habías prohibido pedir ayuda pero, mientras intentabas levantarte, tu propio peso te enviaba cada vez más al fondo. Sin puntos de apoyo, tu vida se perdía entre millones de luces artificiales hasta que, de entre todas ellas, su mirada apareció sin pedir permiso para tenderte su mano y llevarte exactamente adonde necesitabas ir: a cualquier otra parte. 

 Lo que no sabías es que aquella noche sería la primera.
Diego G.

 

 Entraría en tu luz 
 con una canción sencilla, 
 tres notas y una bandera 
 tan blanca como el corazón 
 que late en tu cuerpo de niña. 

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jueves, 11 de abril de 2013

Algún tipo de conquista

 A veces me ves con mirada ausente y me preguntas que en qué estoy pensando. Es sencillo pero temo asustarte. Por eso no suelo contestar o te regateo sonriéndote y cambiando de tema. Pero lo que pasa es sencillo: te amo con premeditación y alevosía, te amo rabiosamente, con vehemencia. Es más sencillo aún: al mirarte se me salen los sentidos por la boca. Pero nunca quiero decírtelo del todo porque el ser humano tiende a buscar otras metas cuando alcanza con facilidad un trofeo. 

 Yo quiero clavarme a tu futuro igual que un título se clava en un libro, en la portada y para siempre. Me dan a menudo demasiadas ganas de soltarte este tipo de barbaridades pero corro el riesgo de que pienses que no quieres luchar por algo que no tiene complicación, que pienses que sólo merecen la pena los amores que conllevan algún tipo de conquista, y qué quieres que te diga, tú aún no lo sabes, pero a los pocos días de conocerte tus ojos clavaron una bandera en la cima de mi corazón y te aseguro que no va a haber manera de arrancarla… así que mejor sigo así, callado, haciéndote pensar que no soy del todo tuyo. Seguro que de ese modo no se te van a ir las ganas de luchar. Entiéndeme… yo también lucho, lucho cada día contra mí para no decirte todas estas cosas: que cuando no te veo soy un hombre en un pantano, que desde que te conozco no recuerdo el nombre del invierno.

("Es sencillo", Marwan)

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domingo, 10 de marzo de 2013

Y sé que a veces piensas que estoy algo ido...

(Segunda parte de esto)

 Colecciono bolas de nieve. Odio las frases que empiezan por “Pensándolo bien…”. Prefiero caer mal antes que generar indiferencia. Nunca me han gustado las discotecas ni conecto muy bien con eso que llaman “salir de fiesta”. Tengo la manía de oler dos cosas: las hojas de los libros nuevos y las bolsas de Ruffles recién abiertas. Suelo cambiar el color de los cordones de mi calzado porque odiaría cruzarme por la calle con alguien que lo lleve igual que yo. Recuerdo perfectamente mi primer día de colegio, tenía cuatro años y no fui capaz de entender que nadie pudiese traerme a mi hermano para jugar con él. Me gusta el olor a verano pero no soporto el calor. La aplicación que más uso en mi móvil es el Bloc de Notas, lo tengo repleto de frases que se me van ocurriendo, de ideas para relatos, de versos que nunca utilizo… Me encanta cocinar, hay miles de platos que quiero aprender a hacer bien. Regalarme un viaje siempre es buena idea. Hay cosas importantes de la vida sin las que no concibo la existencia, como los batidos de fresa del Vips, los San Francisco, los Fresa Frappé de Faborit, los cocktails con sandía o los granizados (también de sandía) de Llaollao; cuando paso demasiado tiempo sin estas cosas siento una tristeza muy rara. Huyo cuando voy tranquilamente por la calle y veo una cámara de televisión. Me engancho con facilidad a las personas que me hacen reír, y con más facilidad aún a las que me hacen sonreír. Adoro las tiendas de cine antiguo, con carteles viejos y postales de actores. No me suele gustar ver mis fotos. Soy incapaz de dormir en una habitación que no tenga la puerta completamente cerrada. Nunca olvidaré aquel concierto de Luis Ramiro y Marwan. A veces hay que ponerse un poco pesado conmigo para quedar, pero no me molesta nada ese tipo de “pesadez”; lo que nunca hago es ponerme pesado yo para quedar con alguien. Me sienta fatal cuando estoy escribiendo en WhatsApp y la otra persona empieza a escribir. De todas las chicas del mundo con las que nunca he hablado, la más guapa se llama Lourdes Hernández y la llaman Russian Red. Algunas veces intento caminar sin pisar las rayas que separan las baldosas de la calle, o pisando sólo las de un color. Tardo entre diez y veinte capítulos en aprenderme los nombres de los personajes de una serie, a veces más. Hay días en que quisiera saber lo que algunas personas de mi vida esperan de mí; otros días me da miedo. Me encantan las bodas. Nunca sé qué decir cuando me hablan de mis pestañas. Creo que las cosas saben mucho mejor en vaso de cristal y con hielo. Sólo he ganado una vez a los bolos, pero me encanta jugar. Sin las series japonesas de animación, mi infancia y mi vida no habrían sido lo mismo. Quizás últimamente esté exigiendo demasiada inteligencia a las personas. Voy tan a mi bola que es extremadamente difícil verme enfadado o discutiendo con alguien, lo cual suena muy bonito pero a mí me parece un gran defecto. Recomendaría a cualquiera mi película favorita, pero a muy poca gente mi libro preferido. No creo en quien no cree en la magia. Me siento incómodo en grandes grupos, por eso cuando salgo casi siempre es con una o dos personas. Hasta yo me sorprendo de mi facilidad para los idiomas, pero tengo problemas en lo más importante: utilizarlos cara a cara. Todavía escribo y envío cartas, christmas, postales... Creo que Kiko Mizuhara tiene la cara más “Lejos del Paraíso” que he visto en mi vida, y por eso la elegí como imagen de este blog y de la página en Facebook. No soporto ir por la calle muy cerca de los que van justo delante, necesito espacio ante mí al caminar. Aún compro películas y series en DVD. Hace poco me dijeron que mi problema es que estoy enamorado del amor… no me parecieron buenas noticias. Casi siempre pierdo mis apuestas, lo cual es preocupante por lo fácil que soy de provocar para que a la mínima ya me esté jugando algo. La primera letra de canción que me aprendí en inglés fue la de “Thunder Road” de Bruce Springsteen, para mí una de las mejores canciones de la historia. Siempre duermo tapado, aunque sea por una sábana finísima. Amo la NBA. Cuando gasto demasiado dinero en poco tiempo, me autocastigo con un “fin de semana económico”. No me gusta casi ningún concurso de televisión porque odio cuando, al preguntar algo, el concursante no lo sabe y yo sí. Una de mis costumbres más sanas es hacer deporte regularmente, y otra mi vasito de leche de antes de dormir. No me gustaría saber cuándo ni cómo voy a morir, pero eso no impide que a veces me dé por pensar en ello; de momento mi teoría es “atropellado por un coche híbrido de ésos silenciosos”. Es prácticamente imposible escucharme hablar de política. Siempre me ha encantado la música que se hace en Argentina. Lo mío con la corrección ortográfica seguro que tiene un nombre en Psiquiatría. No conozco ninguna chica a quien le quede mejor el pelo corto o recogido que largo y suelto. Cuando viajo en autobuses, trenes, metros… no me puedo sentar en los asientos que miran hacia atrás; además, en el metro busco casi obsesivamente la zona con menos gente del vagón. Llevo toda mi vida abriendo un huevo Kinder cada fin de semana. Soy un loco de las cazadoras, las chaquetas y los abrigos. Pienso que el principal motivo de la infelicidad de la gente está en creer que sólo hay una forma de ser feliz. Hay dos cosas que tengo claras: que soy demasiado inconsciente y que tendría que serlo más. El mejor consejo que me han dado es que para ganar, a veces primero hay que perder. Creo que éste es el videoclip más bonito que existe:



“…pero nunca pierdo una sola oportunidad de admirar cómo te deslizas como si fueras de viento y, al contacto de mis dedos, te desvanecieras.”
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domingo, 17 de febrero de 2013

Lo malo de la esperanza


 “Hoy estaba más callado”, piensa mientras camina por el andén al compás de sus botas de tacón. Todavía no se han cerrado las puertas de los vagones y ahí dentro se ha quedado él, como un tonto, esperando a que el metro se ponga ya en marcha para conseguir verla al menos una vez más antes de que desaparezca entre los pasillos de la estación.

 “Estaba más nervioso que de costumbre, como si algo hubiera cambiado en su interior. Diría que había hasta un poco de miedo en su mirada, como si de repente se hubiese asustado…”, apunta para sí misma al tiempo que atraviesa la avenida que lleva hacia su casa sin mirar si pasan coches, como hace siempre. “Bueno, serán cosas mías… Pero es tan raro… Cualquiera sabe en qué está pensando cuando me mira o cuando no dice nada.”

 Al doblar la última esquina y ver su portal, comienza a buscar las llaves por el bolso. Pero en el momento de meter la mano, nota que algo vibra entre todas sus cosas. Se olvida de lo que buscaba y se centra en encontrar su teléfono móvil, para justo después leer las palabras que lo cambiaron todo…

 Si un día, por no poder darte todo, tengo que darte por perdida…
…cuando mis manos olviden el olor de tu perfume y para sentir tu pelo tenga que acariciar mis sueños más inconscientes, los que nunca tuve el valor de borrar…
…el día que no vuelvan a chocar nuestras caras ni me tiemble el alma con el temblor del saludo de tu voz…
…cuando la verdad me grite cada noche hasta despertarme, cuando le pregunte a las mañanas para qué sirven los días…
…si me cierras el grifo de las cosas que nadie entiende…
…cuando el amor juguetee a sonreírme en bocas que me ofrezcan lo que yo sólo quiero tener de la tuya…
…si tengo que aprender algún día a conformarme con las cosas que llevo toda la vida rechazando por mi enfermiza manía de creer sólo en princesas de barrio con ojos de cuento…
…cuando ni siquiera mis dibujos sepan encontrarte entre mis tardes por Madrid, cuando las semanas pasen como un caprichoso lunes y recordarte sea saltar al vacío...
…el día que me sueltes la mano, descienda de tus nubes hasta el suelo y mi caída sea silenciosa, como si me convirtiese en algodón, porque yo nunca he sabido hacer ruido en tu vida…
…si mis latidos y tus “Te quiero” jamás llegan a conocerse…
…cuando de repente caduquen esas incomprensibles ganas que tuviste de descubrirme, si vacías mi vaso y eliges por fin el camino correcto…

 …cuando decidas dejar de ser mis mejores días y deshagas mis maletas, sólo te reclamaré dos promesas: que no me pidas que mi vida sea como antes de cruzarme con tu mirada y que tu cabeza jamás sea capaz de convencerte de que a mi lado no hubieras sido feliz.

Diego García


"Quizás tenga más suerte 
y me regalen otra vida 
en la que pueda conocerte 
con más detenimiento…"


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domingo, 10 de febrero de 2013

Jamás


Eres lo más lindo que hay, 
como una mariposa en una flor. 
Y aunque te puedo hacer volar, 
nunca te pude enamorar. 

Me prometiste tu amor, 
pero los dos sabemos la verdad. 
Y sé que te arrepentirás, 
pero jamás te quedarás. 

Ni por todo el té de China, 
ni aunque te cante esta canción, 
ni recorra la Argentina 
o te dé mi corazón. 
Ni aunque escriba para ti 
mil canciones más de amor, 
ya no sé qué puedo hacer 
si hasta me quedé sin voz. 

Ahora que me quiero morir, 
me dices que no eres tú, soy yo. 
Y sé que te arrepentirás, 
pero jamás te quedarás. 

Ni por todo el té de China, 
ni aunque te cante esta canción 
ni recorra la Argentina 
o te dé mi corazón. 
Ni aunque escriba para ti 
mil canciones más de amor, 
ya no sé qué puedo hacer 
si hasta me quedé sin voz. 

Ya no sé qué más hacer 
si esta historia se acabó.

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miércoles, 30 de enero de 2013

Cifras y letras

- Nací el cuarto día del cuarto mes de 1985. De aquí parten dos conclusiones innegables: que tengo 27 años y que mi número favorito es el 4.

- Mido 1 metro y 84 centímetros. Puede parecer mucho pero no lo es, de verdad. A mí al menos todavía no me ha servido para alcanzar algunas de las cosas que siempre he deseado. Ni siquiera saltando, así que al final puede que acabe reconociendo que los puntos de apoyo quizá no estén tan mal.

- Peso 71 kg. A veces me encanta que sea así y otras me parece demasiado poco. Decidirme por una u otra opinión no me serviría de nada, la genética se empeña en demostrarme que esta cifra tiene poco margen de cambio.

- Calzo un 44. Y esto sí que debe de ser mucho porque no hay duda de que piso demasiados charcos. Y lo peor es que hay algunos cuya profundidad no llego a conocer hasta que no tengo el pie bien dentro.

- Tardé poco más de 5 años en sacarme los 5 cursos de mi carrera. No me sirvieron para aprender todo lo que me habría gustado, pero sí para sacar 3 matrículas de honor en otras tantas asignaturas tan importantes que no recuerdo ni sus nombres. También para tener el absurdo honor de haber aprobado 19 asignaturas en el último año; absurdo porque si en ese curso tenía tantas por aprobar significa que igual hubo algo que no hice muy bien en los años anteriores. Pero la gente, en lugar de darse cuenta de esto, suele preferir asombrarse y decir: “¡Hala! 19…”.

- Siempre me ha dado un poco de miedo pensar en cuántos amigos de verdad tengo. Y odio la expresión “mejor amigo/a”, pero hay dos de mis amistades por quienes haría cualquier cosa, y ellos lo saben. Que sean felices es uno de mis objetivos personales, y si nunca se lo he dicho se estarán enterando ahora mismo. En algún caso, hasta coloreo su felicidad de atardeceres naranjas, playas calmadas y sabores dulces. Otras veces, no huele a mar.

- He jugado en tres equipos de fútbol. En toda mi vida, sólo he tenido dos lesiones serias. La parte mala es que ambas ocurrieron en el mismo partido. Y la parte irresponsable es que ese día seguí jugando hasta el final.

- Podría escribir aquí el número exacto de noches que he pasado sin dormir en una habitación de hospital. Pero perdí la cuenta, señal de que han sido demasiadas. Suficientes como para enseñarme a entender la vida de una forma distinta a como lo hacía antes. Cada noche me trae a la memoria lo lentas que pasan las horas en otros lugares que no están tan lejos, y también lo cerca que estamos de perder cosas sin las que no estamos acostumbrados a vivir.

- La miopía y el astigmatismo se han quedado a vivir en mis ojos en forma de varias dioptrías: concretamente 3’25 en el derecho y 3’50 en el izquierdo. Al menos están bien repartidas.

- He estado en cuatro países: España, Túnez, Italia e Inglaterra. Y tres veces en Santander, la ciudad de la que nunca me voy y a la que siempre regreso.

- Vivo en el piso 3 del número 6 de alguna calle madrileña.

- Tengo dos hermanos que son simplemente imprescindibles para mí. Junto con mis padres, hacen que sumemos cinco en casa, aunque puede que este número no dure mucho. El que sí deseo que se mantenga es el de mis tres abuelos, los únicos que he llegado a conocer.

- También tengo dos “hermanas” gemelas con las que mantengo una relación que algún día debería ser objeto de estudio.

- Uso 6 perfumes diferentes, pero últimamente me siento mejor con One Million, de Paco Rabanne.

- En mis montañas guardo 12 películas de Woody Allen, 8 discos de Quique González y 6 libros de Murakami. De entre esos libros, hay uno que tengo en 3 idiomas.

- En mi reproductor de música hay hoy 5.349 canciones dando vueltas, aunque algunas suenan casi a diario. Si le doy a “Reproducir todas las pistas”, la primera es "Amor" se escribe con llanto. La última es もう少し自分のこと、きちんとしたいの. Preciosas las dos.

Lo que no hay en mi vida es dieces... Me cuesta encontrarlos, y por eso me sentí tan mal cuando hace unos días alguien volvió a incluir la expresión “chico 10” al hablar de mí. Nada más lejos de la realidad.

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domingo, 13 de enero de 2013

Palabras que apagan incendios


 No sé exactamente cuándo me di cuenta de que escribir se había convertido en una forma de vida para mí. En el colegio, estudiando Secundaria, recuerdo a una compañera robándome cada semana mi archivador para leer las frases bonitas que se me iban ocurriendo y que escribía en las páginas de cartón que separaban cada asignatura. Ya en el instituto y en la universidad, no era difícil encontrar entre mis apuntes de vez en cuando alguna hoja con ideas o versos que se me iban ocurriendo, o directamente un relato en sucio lleno de tachones y de correcciones interminables, con flechas reordenando párrafos y sinónimos apuntados en el margen para evitar repetir palabras. Luego me di cuenta de que dos de mis objetivos en la vida (publicar un libro de relatos y aprender a tocar la guitarra para construir mis propias canciones) estaban muy relacionados con mi obsesión por la palabra escrita. Pero no, no sé cuándo comenzó todo, supongo que me cuesta encontrar el momento exacto en el que empiezan a ocurrir ciertas cosas en mi vida.

 Lo que sí sé es el motivo. Creo que las personas nacemos con el impulso natural de expresarnos, de que el mundo sepa lo que queremos o lo que sentimos. Como si se tratase de una necesidad básica más, como dormir, como comer. O como amar y ser amados, que siempre ha sido la primera en mi planeta. Puede entonces que ahí comience todo, porque la verdad es que soy un desastre comunicándome de las formas más habituales. Hasta hace poco, mi odio a hablar por teléfono era mundialmente conocido. Y desahogarme delante de amigos nunca ha sido mi estilo, disfruto mucho más escuchando la vida de la gente que contando la mía, lo cual convierte a veces mis conversaciones con amigos en algo bastante desequilibrado donde mi voz no se escucha más del diez por ciento del tiempo. Para colmo, cuando tengo delante a alguien que consigue el milagro de acelerarme el corazón, se me derrite la mirada en la suya y soy incapaz de demostrar que me muero por saberlo todo sobre su persona. Y entonces tiendo a pensar que cualquier cosa que le cuente le parecerá una tontería, y de repente me convence la idea de que parecer tonto es mucho mejor que demostrarlo. Y sí, es justo en ese momento cuando parezco un absoluto e inexpresivo idiota. Así que, tal y como están las cosas, no parece muy raro que ésta sea la mejor forma de expresión que he encontrado.

 Estoy cansado de ver a gente que merece cosas y no las tiene. Una de las personas que siempre querré cerca dice que yo nunca quiero llevarme el mérito de nada, y debe de ser verdad porque yo aún no he conseguido averiguar dónde está lo bueno de acumular méritos. Por eso siempre que alguien me dice que le ha gustado algo que he escrito, acabo pensando que lo ha debido de entender mal, que el texto le ha transmitido cosas que yo no pretendía decir. Me cuesta aceptar la idea de que realmente he llegado a tocar la sensibilidad de alguien o que he podido transportar a esa persona al paisaje que yo tenía en la cabeza antes de escribir una historia. Aun así, no puedo evitar sentirme la persona más llena del mundo cuando alguien me dice que he conseguido que sienta cositas a través de las palabras. O cuando ocurre algo como lo de hace unos meses: escribí un pequeño relato a partir de una canción de uno de mis grupos favoritos y, poco después, recibí un mensaje de los miembros de la banda diciéndome que les había encantado. Uno no escribe para llegar a eso, pero sin duda hay cosas que le dan más motivos aún a lo que se hace.

 De alguien que le da mil vueltas a todo no se puede esperar otra cosa: a cada palabra que escribo no le doy mil, sino un millón de repasos. Además, padezco demasiadas veces de lo que yo llamo “síndrome de las noches valientes seguidas de mañanas realistas”, que consiste en escribir auténticas parrafadas antes de acostarme, y que luego a la luz del día me parezcan absolutas tonterías. Así es como se quedan miles de palabras abandonadas para siempre en folios y así es como la tecla “borrar” de mi portátil acaba perdiendo hasta el dibujo.

 Una vez escuché a Enrique Urquijo (mi referente artístico número uno desde siempre) decir que si sus composiciones eran siempre tristes no era porque él estuviese siempre así, sino porque cuando se sentía bien lo que le apetecía era disfrutarlo, no ponerse a escribir. Yo llegué a pensar que me ocurría algo parecido, pero no es así. A mí lo que me pasa es que la felicidad no me inspira nada. Lo cual no quiere decir que no crea en historias felices ni que no me guste escribirlas, sino que me siento más a gusto si el decorado tiene algo de oscuridad, aunque la escena principal sea luminosa. También reconozco ser algo monotemático, y es que a mí me pasa como al de la novela de Ray Loriga: sólo sé hablar de amor. Pero el amor tiene tantos nombres, tantas formas, tantas demostraciones, que nunca he llegado a sentirme repetitivo. Por eso es lo más grande que existe (a veces creo que si el amor se cansase de este mundo y decidiese desaparecer, el planeta dejaría de girar y nos caeríamos todos… hasta tal punto llega mi tontería).

 Con todo esto, siempre acabo pensando que en el fondo lo que escribo es para mí. Que cuando acabo un texto y lo publico en estas páginas azules lo hago sólo para dejar de pensar en cómo mejorarlo (mi perfeccionismo crónico). Pero sobre todo, lo que acabo pensando es que éste es mi camino, el que voy a seguir toda mi vida, y que es mi mejor forma de sacar fuera lo que me arde dentro. Palabras que apagan incendios.

Diego García
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miércoles, 2 de enero de 2013

domingo, 9 de diciembre de 2012

Sus noches. Todo.


 Se había olvidado ya de aquella esperanza de las primeras tardes en las que soñaba con conquistarla, con que un día de repente ella viera en él lo que estaba buscando (a saber lo que esa chica estaría buscando, pensaba). Aun así, seguía quedando con ella. Aun sabiendo que, en sus largos paseos, ella jamás iba a sentir la necesidad de cogerle de la mano. Pensando incluso que quizá su cabecita estuviera pensando en otra persona. Asumiendo que sus enormes ojos nunca serían lo primero que vería algún día al despertar. Aceptando que, a diferencia de sus sueños, la vida real no necesita ni busca finales bonitos. Pisando sus propias alas.

 ¿Y por qué seguir viéndola?, le preguntaban todos. Él siempre decía que era casi ya por inercia, porque si no con quién iba a pasar las tardes de viernes. Pero no. Eso no era verdad, y sus amigos se habrían dado cuenta si se hubieran fijado bien en sus ojos mientras lo decía. Pero sus amigos no estaban allí cuando ella y él se sentaban alrededor de una mesa y dos vasos de lo que fuera y comenzaban a contarse su semana como si no se la hubiesen contado jamás a nadie antes. Ellos no estaban cuando esa loca apoyaba su cabeza en las piernas de él en cualquier parque de Madrid y se ponía a explicarle por qué se sentía invisible en su casa y las ganas que tenía de huir. Ni cuando se sacaba del bolso su barajita de cartas y se pasaban horas picándose al tute. Tampoco cuando decidieron olvidarse del mundo y tomar aquel tren que les llevó a la orilla del mar. Pero al parecer no, sus amigos no se enteraban de la enorme mentira que les estaba contando cuando les hablaba de inercia, de costumbre… No. No se daban cuenta de que seguía viéndola por miedo a que no hubiese vida después de su sonrisa.

 Pero una de esas tardes, ocurrió. Ella interrumpió una de sus infinitas bromas compartidas, se olvidó de sonreír, congeló su mirada, y ocurrió. Se hizo el silencio, desapareció el mundo… y ocurrió.

 Y de repente, todo.

 Sus sueños de niña pequeña y los que tuvo cuando no quiso crecer. Sus gustos. Sus manías. Su ropa. Sus juguetes. Sus tonterías. Sus bolas de nieve. Sus libros. Sus carpetas llenas de hojas repletas de desvelos escritos. Su azul eléctrico. Su mirada desolada, su mirada perdida. Sus colores inventados. Su ilusión en obras. Sus besos al aire. Su piel, ese mapa de paraísos por descubrir. Sus aterrizajes forzosos, sus despegues fulgurantes. Su morderse los labios. Su olor a deseo. Sus peleas entre instinto y razón. Sus guantes blancos de ladrona. Sus pijamas. Su forma de caminar. Sus saltos al vacío. Su corazón de caramelo, sus piruletas de corazón.

 Sus noches. Las que pasó abrazada a sus peluches. Las cortas. Las que comenzó llorando hasta que se rompieron sus ojos y la venció el sueño. Las que regaló a cuerpos equivocados. Las que malgastó entre excusas para sentirse cómoda. Las de invierno. Las de taparse hasta la cabeza sin tener frío. Las que dedicó a escuchar canciones tontas de amor. Las de “a dormir, ya no pienso más” dos horas antes de dormirse. Las de despertarse mil veces. Las que se juntaron con los días. Las de meterse libros en la cabeza y la cabeza entre libros. Las que apostó y perdió, o ganó. Las de echar de menos un besito de buenas noches. Las de Reyes esperando a las 9:00. Las de hospital. Las de ver el mundo dormir desde su ventana. Las que todavía duran. Las que no acababan nunca.

 Todo eso le regaló aquella tarde.

 Todo, menos su maldita memoria. Ésa decidió guardarla. Para siempre. Para ser feliz.

(DIEGO GARCÍA) 

“Y es que me salen rosas de la boca 
cuando me preguntan por ti…” 


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