viernes, 7 de agosto de 2015

Tu piedra preferida

 ¿Se te ha roto el reloj de tanto esperar?

 ¿Cuántos jueves han pasado ya?

 ¿Cuántas veces has querido volver atrás
y convencer a tu "yo" del pasado
de que aquella conversación no fue tan bonita,
de que lo de aquella noche no era magia?
Simplemente comenzó a llover y sus ojos eran mucho mejores que tus paraguas.

 Ahora.

 Después de descubrir su mirada,
¿cómo vas a negar ahora que la esperanza es verde?

 ...ahora
que has saltado de la cama sin saber dónde acaban los sueños
ni por qué cada mañana te caes por el hueco que los separa de la realidad.

 ...ahora
que en tu ansia por enseñarle tu mundo,
se ha acabado llevando tantas notas
que tu música ya nunca suena igual.

 ...ahora
que odias hasta los regalos que le hiciste
porque ellos sí han conseguido quedarse a vivir junto a su cama.

 ...ahora
que repasas cada uno de los besos que te escribió
y cada uno de los versos que te dio,
mientras te preguntas
por qué nunca
pudo hacerlo
justo
al revés.

 ...ahora
que Madrid te parece más grande que antes
pero la idea de cruzarte cualquier día con ella
te ha vuelto a hacer temblar.

 ...ahora
que te has acostado y despertado junto a todo su ser
mientras su cuerpo estaba en el otro extremo de la ciudad,
demasiado al norte de tus suspiros
como para que vuelvas a tropezarte,
como para que vuelva a equivocarse,
como para que VUELVA
y,
ya sabes...
todo vuelva.

 ¿Qué va a decir tu ilusión cuando se entere?
¿Cómo se explica esto en su idioma?

 ¿Otra vez te has buscado tanto...
tanto...
tanto...
que has acabado encontrándola a ella antes que a ti mismo?

 ¿Por qué no dejas de inventarte remedios
y les cuentas a todos de una vez
que desde que se fue
ya siempre te cubres cuando llueve?
Que has vuelto a soñar con ella
y que esta vez estaba tan cerca que...
que casi podías...

 ¿Adónde se irán los deseos que nunca acertaron,
los deseos idiotas,
los que jamás supieron cumplirse?

 ¿Y tú?

   ¿Adónde

      irás

        ahora?

Diego G. B.


jueves, 25 de junio de 2015

La vida a orillas del Rin


Hace mucho tiempo, en la región de Renania comenzó a contarse una historia acerca de las vidas que nunca vivimos.

En una de las impredecibles curvas del río Rin, se encuentra una enorme roca contra la que de noche chocaban los barcos pesqueros con frecuencia, provocando miles de muertes cada año. La tragedia era tal, que las gentes de la zona comenzaron a atribuir el desastre a un ser mitológico que habitaba en aquella roca.

Y así fue como en las aldeas y los bosques de la región comenzó poco a poco a hablarse de Loreley, una preciosa sirena que enamoraba a los pescadores con canciones que hablaban de un mundo de belleza incomparable y de lo felices que podían llegar a ser si se entregaban a ella. Muchos de ellos, que malvivían vendiendo lo que pescaban y carecían de sueños que fuesen más allá que llegar a casa para cenar un día más, se dejaban convencer por su voz y sus encantos... y, en busca de mundos mejores, en busca de otras vidas, se iban con ella para siempre.


Hoy, el valle del Rin es una zona mucho más tranquila, ya nadie se deja la vida en esa curva del río y Loreley es sólo el nombre de aquella roca, ahora coronada por la escultura de una misteriosa sirena cuya historia poca gente del lugar realmente conoce. Dicen que si hablas con los habitantes de ciertas zonas del valle, te sorprenderás al ver que muchos de ellos son incapaces de concebir que exista mundo más allá de sus propias fronteras. Cuentan que otros muchos saben que la vida puede ser más feliz fuera de ellas, pero se quedan allí por miedo de comprobar que sus sospechas sean ciertas.

Y ahora me estoy dando cuenta de que quizá muchas de nuestras vidas sean justo así. Quizá vivamos pensando en que un canto de sirena nos pueda hacer creer en algo más bonito y temamos verlo pasar ante nuestros ojos sin poder alcanzarlo jamás. Tal vez nada nos haga sufrir más que lo que no hemos vivido. Puede que el miedo a creer que podemos ser felices sea más fuerte que el deseo de serlo.


- Life... Life is all right on the Rhine?
- No, but I know I would have nowhere to go.


miércoles, 7 de mayo de 2014

Quizá nunca regrese


Ya nunca escuchas cuando dicen que te pierdes,
que no distingues los domingos de los viernes,
que ayer saliste a preguntarle a las sirenas
quién borrará tus corazones en la arena.

Noche tras noche inundas de dudas tu almohada,
cada mañana miras y no queda nada.
Nada que te hable de tus pasos adelante
o de ciudades que aún hoy brillan como antes.

Y sale el sol como si nunca se enterara
de que sin luz casi te sientes menos rara.
Como una vida interminable junto al mar,
como la lluvia más difícil de olvidar. 


¿Aprenderás a salir viva cada noche,
a no llorar en los asientos de los coches,
o volverás a los vagones sin salida
que llevan siempre a los suburbios de tu vida? 


Cuentan que vives apostando todo al rojo,
como una niña que hace caso a sus antojos
sin acordarse de sus sueños de princesa...
qué mal sonríes cuando es otro el que te besa. 


Compartes noches con daiquiris y placeres
que no iluminan nublados atardeceres
y el horizonte sólo te devuelve olas.
Son como tú, no saben cómo vivir solas.

Diego G. B.
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martes, 29 de octubre de 2013

My love, like the warmth of the sun, it won't ever die

 "The warmth of the sun" nació durante la noche del 21 de Noviembre de 1963, horas antes de que asesinaran a John Fitzgerald Kennedy en Dallas. Había una extraña sensación en el ambiente cuando escribí esta canción antes de irnos a dormir. A la mañana siguiente, nos despertamos con la noticia de que habían disparado al presidente Kennedy. Cuando grabamos la canción días después, nos devolvió esa sensación que tuvimos aquella noche, esa inquietante melancolía.

 La melodía era tan cautivadora, tan triste, que al escribir la letra sólo pude pensar en la pérdida del amor, cuando el interés va desapareciendo y los sentimientos no son correspondidos. Aun así, yo quería tener un resquicio de esperanza entre todas aquellas nubes, así que escribí la letra desde la perspectiva de: “Vale, las cosas han cambiado y el amor ya no está aquí, pero su recuerdo perdura como el calor que queda al irse el sol”.


 (Mike Love, autor de "The warmth of the sun") 

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lunes, 9 de septiembre de 2013

Diferente (del resto de la gente)



 En una de sus noches de verano, se vieron así, sonriéndose mientras caminaban abrazados por alguno de esos paseos marítimos que parecen esconder una historia de amor bajo cada farola. 

 Fue justo ahí, en ese lugar tan alejado de la Gran Vía, de los teatros, de los McDonalds y de todas esas calles que mil veces recorrieron mientras desnudaban dos corazones. Ahí fue donde entendieron que, por encima de todos los defectos y todos los errores, había algo que sabían hacer mejor que nadie: olvidaban a cada paso que en el fondo sólo eran mariposas. Y a diferencia de todos los que les rodeaban, habían aprendido a vivir como si sus vidas durasen más de un rato, como si en realidad nada importase tanto.

 Diego G.B. 

 “Y yo, 
que no puedo estar sin ti, 
no he encontrado la manera 
de que no tengas que morir. 
Si te quedas quieta ahí, 
yo te grabo en mi cabeza 
cuando no paras de reír.” 

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lunes, 29 de julio de 2013

Ascensores prohibidos

Pues sí. Hoy se ha puesto a pensar, y eso nunca acaba muy bien. Ha mirado al suelo y ha empezado a seguir sus propias huellas hasta que ha llegado a sus días felices, los que parecían mucho más cortos. Aquéllos en los que no hacía tanto frío y era más fácil dormir. Los días con ella.
La quiso como quien se enamora de una nube, encontrando en ella formas maravillosas que sólo él era capaz de ver, pero con miedo a acostumbrarse y que un golpe de viento le alejase de su inolvidable mirada para siempre. La quiso con la inconsciencia de quien no mira el reloj para que el tiempo no pase. La quiso más allá de la realidad.
Ahora vive más tranquilo, pero es una tranquilidad venenosa. La de saber que el teléfono no va a sonar, que su nombre no va a aparecer en mitad de sus días y que ya no va a haber más “problemas”. Esta tranquilidad que no es mejor que las noches entre lágrimas y sueños rotos, porque esta tranquilidad, a diferencia de aquellas noches, ni siquiera tiene la decencia de terminar cuando comienza un nuevo día.
Y así es como pasa su vida. Perdiendo al escondite contra el amor. Jugando a imaginarse feliz con otras chicas que ni son ella ni son tan buenas actrices como para saber interpretar su papel. Y nunca se lo dice a nadie, pero le encantaría que alguna se presentase a media mañana de cualquier lluvioso día de Octubre o Noviembre con un paraguas amarillo y unas buenas botas de agua, dispuesta a arrancarle de su aburrido lugar de trabajo para llevarle a hacer la única cosa que desea desde hace casi dos años: sonreírle al mal tiempo.
Luego llega a casa y se da cuenta de que no es justo. Que no tiene derecho a pedir por ahí lo que la vida le ha quitado. Y su maldita cabeza, que ya no hace caso a nadie, se empeña en viajar una y otra vez a esa playa. A aquel verano en el que cualquier cosa que no cupiera entre sus suspiros y los de ella carecía de valor. La recuerda sonriendo desde el agua y se muerde los labios cuando le parece estar sintiendo sus besos en la orilla. Y vendería su vida a cambio de un segundo de aquella noche en la que apagaron sus móviles y de repente, por una vez, pareció que nadie les miraba.
Por eso a veces tiene noches como la de hoy, en las que hace tanto frío que apenas importa que el invierno acabase hace ya casi tres meses. Mañana le costará colocarse las lentillas, pero lo hará, y volverá a salir el sol para recordarle que ya no brilla como antes, como cuando los días empezaban con su voz de niña tarareando cualquier canción que había escuchado en la tele o con su pelo largo rompiendo filas por la almohada. Como esos días en los que nada de lo que hubiera ahí fuera importaba tanto. Porque… sí, ella hizo muchas cosas mal, muchísimas, pero el único error que él cometió fue aún más grande: creyó que la vida continuaría sin el olor de su piel al amanecer.

Mientras tanto, a demasiadas vidas de distancia, ella pone el despertador a las 7:00. Como todos los días. Guarda las gafas y el corazón en la mesilla de noche, como todos los días. Y como todos los días, vuelve a compartir su cama con el cuerpo equivocado.
Al principio sentía la amargura de la peor de las traiciones, la que alguien comete contra sus propios ideales. Pero eso ya no le importa mucho, quizá porque ella misma también es la persona equivocada, algo así como una mujer disfrazada de otra.
Porque hace tiempo decidió caminar por el sendero marcado. Dejarse de locuras y ser una chica normal, como le dijo su madre. Y regalarle su vida a un hombre entre tantos. Alguien que nunca le preguntará por él. Un hombre que nunca querrá enterarse de si en algún momento llegó a conocer la verdadera felicidad y sus despertares se incendiaron de vida. Que no sabrá si alguna noche de verano, quizá como la de hoy, su pelo se llenó de arena y su cuerpo olió a mar. 

Diego García

"Me moriré de ganas de decirte
que te voy a echar de menos"

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lunes, 3 de junio de 2013

Aquellos ojos verdes como el mar...

[Balcón del Grand Hotel Excelsior Vittoria, en Sorrento, donde Enrico Caruso decidió entregar su último soplo de vida al amor]

 Hace años, investigando sobre los cinco minutos musicales más emocionantes para mí, descubrí que la canción hablaba de un hecho real: la muerte de Enrico Caruso.

 Muy de vez en cuando, la vida escribe guiones perfectos, en los que la última escena le da valor a todo lo anterior. Como en una maravillosa película, el argumento va hilando una historia que alterna y entrelaza tantas luces y tantas sombras que al final es imposible entender unas sin la existencia de las otras. Pero la vida sigue su camino hasta que se apaga… y entonces, cada segundo vivido, desde la primera sonrisa hasta la última lágrima, tiene sentido por el mero hecho de formar parte del camino recorrido hacia un momento único que justifica todo lo anterior. Quizá para recordarnos que el amor más profundo siempre supera al más intenso de los dolores. Siempre.



 Finales del mes de Julio de 1921. Estamos en Sorrento, sur de Italia. Enrico Caruso, probablemente el mejor tenor de la historia, padece un cáncer de garganta que le provoca dolor hasta al hablar. Está profundamente enamorado de una chica a quien da clases de canto, pero él sabe que a su vida quizá le queden ya muy pocos capítulos como para que uno sea de amor.

 Una noche de aquel verano, no puede resistirse a esos ojos que le miran con admiración y decide sobreponerse al terrible dolor de su enfermedad para así poder cantar para ella una sobrecogedora mezcla de sufrimiento y el más puro amor.

Te voglio bene assai. 
Ma tanto, tanto… bene sai. 
É una catena ormai 
che scioglie il sangue dint' e' vene sai. 

 La fuerza de su voz y la belleza de su canto atrajeron a los pescadores de alrededor, que acudieron al puerto y se pararon allí, a la orilla, para escucharle. Y la luz de sus barcas hizo que Caruso recordara los días de gloria, las noches que pasó observando los enormes edificios de Nueva York, donde se hizo famoso por sus actuaciones en el Metropolitan Opera. Por un instante, le pareció estar en su mejor momento, en la plenitud de su carrera.

 El dolor era insoportable, pero ni lo siente cada vez que mira a su amada apoyada en el piano, observándole serenamente con atención. Por eso no deja de cantar para ella. Por eso continúa su eterna declaración de amor.

 Esa misma noche, por el esfuerzo realizado, su estado de salud se deterioró más aún y dos días después, el 2 de Agosto de 1921, el corazón enamorado de Enrico Caruso dejaba de latir para siempre.

 Así es como late esta canción, entre la pasión y el dolor, entre la vida que se enciende en los ojos de una mujer y la muerte que espera y es esperada, entre las luces del ayer y el esplendor de un mañana que él sabía que nunca existiría. Pero sobre todo late con el amor, que a veces consigue que cinco minutos valgan más que una vida entera. Así fue su último concierto. Y éste fue su público: los pescadores, el mar oscuro y profundo, las estrellas, la luna clara del último verano… y ella.
(Diego García)
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 TRADUCCIÓN DE LA LETRA 

Aquí donde brilla el mar 
y sopla fuerte el viento, 
sobre una vieja terraza 
ante el golfo de Sorrento, 
un hombre abraza a una muchacha 
después de haber llorado. 
Tras aclararse la voz, 
vuelve a comenzar el canto: 

 “Te quiero mucho. 
Pero tanto, tanto… ¿sabes? 
Es casi como una cadena 
que funde la sangre de mis venas, ¿sabes?” 

 Vio las luces en medio del mar 
y pensó en las noches allí en América, 
pero eran sólo los faros de barcos 
y la blanca estela de una hélice. 

 Sintió el dolor en la música 
y se levantó rápidamente del piano… 
pero cuando vió la luna salir tras una nube, 
le pareció dulce hasta la muerte. 

 Miró en los ojos de la muchacha, 
aquellos ojos verdes como el mar… 
de repente apareció una lágrima 
y él se creyó ahogar. 

 “Te quiero mucho. 
Pero tanto, tanto… ¿sabes? 
Es casi como una cadena 
que funde la sangre de mis venas, ¿sabes?” 

 La fuerza de la lírica, 
donde cada drama es ficticio, 
que con un poco de maquillaje y con mímica 
puedes convertirte en otro. 

Pero dos ojos que te miran 
tan cercanos y sinceros 
te hacen olvidar las palabras 
y confundir el pensamiento. 

 Y entonces se vuelve todo más pequeño, 
incluso las noches allí en América, 
y miras atrás y ves tu vida 
como la estela de una hélice. 

 Y sí, es la vida que se acaba, 
pero él ya no pensaba tanto en ello. 
Al contrario, ahora ya se sentía feliz, 
y volvió a comenzar su canto: 

 “Te quiero mucho. 
Pero tanto, tanto… ¿sabes? 
Es casi como una cadena 
que funde la sangre de mis venas, ¿sabes?” 

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martes, 30 de abril de 2013

2.000 razones


 Lo que no sabías es que aquella noche sería la última. 

 Ya se había ido el sol cuando, como cada viernes, comenzaste a guardar tu semana en el cajón y a tapar tus recuerdos bajo capas de maquillaje. Últimamente tu vida no estaba siendo más que una carretera sin señalizar y habías decidido recorrerla dando bandazos, sin saber siquiera si las vallas pudiesen llegar a desaparecer y cualquier día te alejases del camino para no volver jamás. Pero no pensabas en ello, y aquella noche lo único que te preocupaba era no ser la del espejo. Eso, y acordarte de tomar esa pastilla rosa que tus amigas te habían prohibido porque sacaba eso que nunca habían visto en ti. Las mismas amigas que últimamente se habían acostumbrado a ver tu preciosa mirada perdida en clase y que ya habían empezado a dejar de contar contigo para sus planes. Las que no recordaban tu sonrisa. Las que ya no sabían cómo ayudarte. 

 Pero a ti no te importaba salir sola, sabías que en un rato todo el mundo querría incluirte en sus planes. Tampoco allí ibas a escuchar un “te quiero” o un “te echo de menos” como los que te estabas cansando de necesitar, pero qué más daba. Saliste de tu piso de alquiler y de ti misma, deseando ensuciarte las manos de vida y volver a casa de madrugada con el alma despeinada. Como cada noche de viernes. Como cada noche hasta aquel viernes. 

 Nunca se te había dado bien preguntar por qué, ni reconocerte en problemas. Te habías prohibido pedir ayuda pero, mientras intentabas levantarte, tu propio peso te enviaba cada vez más al fondo. Sin puntos de apoyo, tu vida se perdía entre millones de luces artificiales hasta que, de entre todas ellas, su mirada apareció sin pedir permiso para tenderte su mano y llevarte exactamente adonde necesitabas ir: a cualquier otra parte. 

 Lo que no sabías es que aquella noche sería la primera.
Diego G.

 

 Entraría en tu luz 
 con una canción sencilla, 
 tres notas y una bandera 
 tan blanca como el corazón 
 que late en tu cuerpo de niña. 

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jueves, 11 de abril de 2013

Algún tipo de conquista

 A veces me ves con mirada ausente y me preguntas que en qué estoy pensando. Es sencillo pero temo asustarte. Por eso no suelo contestar o te regateo sonriéndote y cambiando de tema. Pero lo que pasa es sencillo: te amo con premeditación y alevosía, te amo rabiosamente, con vehemencia. Es más sencillo aún: al mirarte se me salen los sentidos por la boca. Pero nunca quiero decírtelo del todo porque el ser humano tiende a buscar otras metas cuando alcanza con facilidad un trofeo. 

 Yo quiero clavarme a tu futuro igual que un título se clava en un libro, en la portada y para siempre. Me dan a menudo demasiadas ganas de soltarte este tipo de barbaridades pero corro el riesgo de que pienses que no quieres luchar por algo que no tiene complicación, que pienses que sólo merecen la pena los amores que conllevan algún tipo de conquista, y qué quieres que te diga, tú aún no lo sabes, pero a los pocos días de conocerte tus ojos clavaron una bandera en la cima de mi corazón y te aseguro que no va a haber manera de arrancarla… así que mejor sigo así, callado, haciéndote pensar que no soy del todo tuyo. Seguro que de ese modo no se te van a ir las ganas de luchar. Entiéndeme… yo también lucho, lucho cada día contra mí para no decirte todas estas cosas: que cuando no te veo soy un hombre en un pantano, que desde que te conozco no recuerdo el nombre del invierno.

("Es sencillo", Marwan)

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domingo, 10 de marzo de 2013

Y sé que a veces piensas que estoy algo ido...

(Segunda parte de esto)

 Colecciono bolas de nieve. Odio las frases que empiezan por “Pensándolo bien…”. Prefiero caer mal antes que generar indiferencia. Nunca me han gustado las discotecas ni conecto muy bien con eso que llaman “salir de fiesta”. Tengo la manía de oler dos cosas: las hojas de los libros nuevos y las bolsas de Ruffles recién abiertas. Suelo cambiar el color de los cordones de mi calzado porque odiaría cruzarme por la calle con alguien que lo lleve igual que yo. Recuerdo perfectamente mi primer día de colegio, tenía cuatro años y no fui capaz de entender que nadie pudiese traerme a mi hermano para jugar con él. Me gusta el olor a verano pero no soporto el calor. La aplicación que más uso en mi móvil es el Bloc de Notas, lo tengo repleto de frases que se me van ocurriendo, de ideas para relatos, de versos que nunca utilizo… Me encanta cocinar, hay miles de platos que quiero aprender a hacer bien. Regalarme un viaje siempre es buena idea. Hay cosas importantes de la vida sin las que no concibo la existencia, como los batidos de fresa del Vips, los San Francisco, los Fresa Frappé de Faborit, los cocktails con sandía o los granizados (también de sandía) de Llaollao; cuando paso demasiado tiempo sin estas cosas siento una tristeza muy rara. Huyo cuando voy tranquilamente por la calle y veo una cámara de televisión. Me engancho con facilidad a las personas que me hacen reír, y con más facilidad aún a las que me hacen sonreír. Adoro las tiendas de cine antiguo, con carteles viejos y postales de actores. No me suele gustar ver mis fotos. Soy incapaz de dormir en una habitación que no tenga la puerta completamente cerrada. Nunca olvidaré aquel concierto de Luis Ramiro y Marwan. A veces hay que ponerse un poco pesado conmigo para quedar, pero no me molesta nada ese tipo de “pesadez”; lo que nunca hago es ponerme pesado yo para quedar con alguien. Me sienta fatal cuando estoy escribiendo en WhatsApp y la otra persona empieza a escribir. De todas las chicas del mundo con las que nunca he hablado, la más guapa se llama Lourdes Hernández y la llaman Russian Red. Algunas veces intento caminar sin pisar las rayas que separan las baldosas de la calle, o pisando sólo las de un color. Tardo entre diez y veinte capítulos en aprenderme los nombres de los personajes de una serie, a veces más. Hay días en que quisiera saber lo que algunas personas de mi vida esperan de mí; otros días me da miedo. Me encantan las bodas. Nunca sé qué decir cuando me hablan de mis pestañas. Creo que las cosas saben mucho mejor en vaso de cristal y con hielo. Sólo he ganado una vez a los bolos, pero me encanta jugar. Sin las series japonesas de animación, mi infancia y mi vida no habrían sido lo mismo. Quizás últimamente esté exigiendo demasiada inteligencia a las personas. Voy tan a mi bola que es extremadamente difícil verme enfadado o discutiendo con alguien, lo cual suena muy bonito pero a mí me parece un gran defecto. Recomendaría a cualquiera mi película favorita, pero a muy poca gente mi libro preferido. No creo en quien no cree en la magia. Me siento incómodo en grandes grupos, por eso cuando salgo casi siempre es con una o dos personas. Hasta yo me sorprendo de mi facilidad para los idiomas, pero tengo problemas en lo más importante: utilizarlos cara a cara. Todavía escribo y envío cartas, christmas, postales... Creo que Kiko Mizuhara tiene la cara más “Lejos del Paraíso” que he visto en mi vida, y por eso la elegí como imagen de este blog y de la página en Facebook. No soporto ir por la calle muy cerca de los que van justo delante, necesito espacio ante mí al caminar. Aún compro películas y series en DVD. Hace poco me dijeron que mi problema es que estoy enamorado del amor… no me parecieron buenas noticias. Casi siempre pierdo mis apuestas, lo cual es preocupante por lo fácil que soy de provocar para que a la mínima ya me esté jugando algo. La primera letra de canción que me aprendí en inglés fue la de “Thunder Road” de Bruce Springsteen, para mí una de las mejores canciones de la historia. Siempre duermo tapado, aunque sea por una sábana finísima. Amo la NBA. Cuando gasto demasiado dinero en poco tiempo, me autocastigo con un “fin de semana económico”. No me gusta casi ningún concurso de televisión porque odio cuando, al preguntar algo, el concursante no lo sabe y yo sí. Una de mis costumbres más sanas es hacer deporte regularmente, y otra mi vasito de leche de antes de dormir. No me gustaría saber cuándo ni cómo voy a morir, pero eso no impide que a veces me dé por pensar en ello; de momento mi teoría es “atropellado por un coche híbrido de ésos silenciosos”. Es prácticamente imposible escucharme hablar de política. Siempre me ha encantado la música que se hace en Argentina. Lo mío con la corrección ortográfica seguro que tiene un nombre en Psiquiatría. No conozco ninguna chica a quien le quede mejor el pelo corto o recogido que largo y suelto. Cuando viajo en autobuses, trenes, metros… no me puedo sentar en los asientos que miran hacia atrás; además, en el metro busco casi obsesivamente la zona con menos gente del vagón. Llevo toda mi vida abriendo un huevo Kinder cada fin de semana. Soy un loco de las cazadoras, las chaquetas y los abrigos. Pienso que el principal motivo de la infelicidad de la gente está en creer que sólo hay una forma de ser feliz. Hay dos cosas que tengo claras: que soy demasiado inconsciente y que tendría que serlo más. El mejor consejo que me han dado es que para ganar, a veces primero hay que perder. Creo que éste es el videoclip más bonito que existe:



“…pero nunca pierdo una sola oportunidad de admirar cómo te deslizas como si fueras de viento y, al contacto de mis dedos, te desvanecieras.”
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