miércoles, 29 de junio de 2016

Rizos de vainilla



 Juega libre por el aire
su voz en mi oscuridad,
sus mil formas de bañarme
de sus vistas hacia el mar.

 De palabras que se llenen
de miradas hacia el techo,
de mis ganas de que vuelen
de sus ojos a su pecho.

 Y me atan sus seis cuerdas,
y me vuelve casi un niño
cuando dejo que me muerda
(sin su roce) su cariño.

 Restos de un primer abrazo
que hoy se clava como astillas.
Que me busquen en pedazos
entre rizos de vainilla.

 Diecisiete ríos de culpa
por sentir su aroma dentro.
Diecisiete veces "nunca",
diecisiete desencuentros.

(Diego García B.)


martes, 17 de mayo de 2016

Nubes y claros



- No me siento muy orgulloso de cómo me han ido las cosas en los últimos años.

- Me despierto sin nadie cerca demasiadas veces como para que algunas mañanas esto no llegue a afectarme más de lo que me gustaría.

- Si vas conmigo en el metro, más vale que hables bajo porque odio que la gente que no conozco escuche mis conversaciones. Si notas que mi volumen es muy inferior al que estás usando, seguramente sea por algo.

- Aun así, sé que con el tiempo estoy hablando cada vez más bajo pero me da igual. Lo que sí estoy trabajando, por petición popular, es lo de no caminar tan deprisa.

- Me inunda la tristeza cuando no tengo ningún viaje en mente, cuando no sé lo que tardaré en volver a ver el mar o hacia dónde irá mi próximo avión.

- La mejor pasta que he probado es la que cocino yo. Y cualquiera que piense lo contrario no tiene ni idea.

- Cada vez tengo más claro lo imprescindible que es la ilusión en la vida. Tanto, que creo que es más importante que el amor para ser feliz.

- Hace mucho tiempo me dijeron que yo era el chico que toda madre querría para su hija, cosa que hoy... me hace mucha gracia.

- Pienso que eso de "Al final cada uno tiene lo que merece" es la mentira más peligrosa que uno puede llegar a creer.

- No sirvo para estar muy encima de ningún/a amigo/a, lo cual ha hecho que hoy mis amistades sean pocas y poco convencionales (estén aquí al lado o a 416 km). Tampoco me gusta que la gente esté demasiado pendiente de mí, lo cual ha hecho que hoy muy pocas personas sepan cosas realmente importantes de mi vida o de mi forma de ver las cosas.

- Amo los letreros de neón. Profundamente.

- Te sorprendería lo poco interesante que me parece una persona que escribe con faltas de ortografía o que no siente amor por la música, el cine o la literatura.

- Si me sacas el tema de la comida, podremos estar horas hablando.

- Cada vez valoro más lo que dice una mirada y cada vez soy más escéptico con lo que dice una pantalla.

- Hay algo mal en mi cabeza que me hace confundir constantemente las palabras "Febrero" y "Agosto", lo cual provoca dos cosas: que me esfuerce en no equivocarme cada vez que las use y que mi margen de error a la hora de quedar en algo con alguien sea de hasta seis meses.

- No me interesa alguien que piense que no puedes enamorarte de una persona mirándola a los ojos cinco segundos, o que no puedes querer irte al fin del mundo con quien has pasado sólo un rato.

- En general, cada vez duermo peor y tiendo a comer demasiadas cosas poco sanas.

- Todavía no he aprendido a separar personas de canciones.

- Soy asquerosamente escrupuloso con los cubiertos y los vasos que utilizo.

- Si vas a pasar tiempo conmigo, es vital que sepas que mi memoria es imprevisible: sólo tendrás que decirme una vez tu cumpleaños, pero habrá cosas importantísimas que mañana deberás repetirme.

- Me cuesta conocer personas nuevas y no empezar a pensar en cuándo se irán.

- Si no sólo sabes cuál es mi disco favorito sino que además te lo he regalado alguna vez, estás oficialmente entre las personas más especiales que he conocido en mi vida.

- Una de mis mayores habilidades en esta vida es la de valorar las cosas buenas sólo cuando se han acabado y ya no las puedo disfrutar.

- No sé si sé mucho o poco del amor. Pero sí lo suficiente como para tener claro que si enfrente está la persona adecuada, da igual un McDonalds que el restaurante más exclusivo de la ciudad. También me alcanza para saber que si crees que la edad o el dinero son razones para no estar con alguien, seguramente no hayas querido de verdad a nadie en tu vida.



(Diego García B.)


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jueves, 15 de octubre de 2015

Valor para marcharse

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, recordaste cómo llegó a tu vida. También lo poco que tardaste en verla como algo inalcanzable. Mucho menos tiempo del que habías pasado mirándola embobado en fotos, convencido de que era la más guapa de todas sus amigas, intrigado y absorbido por su sonrisa y su apellido. Recordaste también que cuando empezabas a saber cosas de su vida, sentiste que estabas a punto de meterte en problemas, que ese tipo de chicas buscaban otro tipo de chicos que tenían poco que ver contigo, ya sabes... Pero fue justo después de salir de aquella boca de metro, en el momento exacto de perder los mapas en sus ojos por primera vez, cuando fuiste consciente de que ya era demasiado tarde. Desde entonces, no has parado de temblar.

¿Tan borde te parezco como para que no quieras ni saludarme?”

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, hubieras sido perfectamente capaz de contar con detalle todo lo que sucedió varios años antes, durante aquella primera tarde con ella. Te acordabas de todos los sitios por los que pasasteis y de todas las cosas de las que hablasteis. También pensaste en las que quedaron sin decir: aquella primera tarde tú no le confesaste que a los cinco minutos te hubieras ido con ella al fin del mundo, y ella no te contó que era experta en convertir puntos finales en comas.

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, pensaste en aviones. En los que se la llevaban cuando más falta te hacía estar con ella una tarde más. En los aviones que al final siempre volvían y aterrizaban en el mismo aeropuerto, pero cada vez más lejos de ti.

Me lo he pasado genial hoy. Me encanta estar contigo.”

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, la recordaste sin parar de hablar en el autobús que iba hacia su casa. También detrás de un margarita de fresa, odiando tus “poco a poco”, paseando a tu lado por el parque donde disfrutaste toda tu infancia, abriendo regalos de Navidad, llegando tarde más desarreglada y más guapa que nunca a vuestro único concierto juntos. Como un recuerdo eterno, como si el tiempo no fuese a robar de tu memoria los pequeños detalles que hoy guardas con tanto cariño.

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, pensaste que si hubiese justicia habrías podido disfrutar otras mil veces más escuchándola hablar de la diferencia entre ver una película doblada y verla en versión original. Hubieses podido enseñarle todas esas canciones que, como un imbécil, todavía tienes guardadas para ella. Hubieras tenido mucho tiempo más para descubrir y explicarte a ti mismo cómo ha podido ocurrirte esto con ella. La justicia, lo que tú entiendes por justicia. Como si importase tu justicia.

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, maldijiste todas esas veces que la echabas de tu vida para siempre a empujones y maldijiste también cada vez que ella decidía que “para siempre” durase tan poco, pero te gustaba tanto que lo hiciera... Te volvía a convencer con dos o tres palabras y tú volvías a inventar encontrar dos o tres minúsculos motivos por los que esa vez todo sería diferente. Aquel día fue muy fácil anhelar los tiempos en los que aún no te gustaban los crêpes porque sólo los habías probado sin ella enfrente, los tiempos en los que El equilibrio es imposible era sólo una canción.

Hola. Sólo era para ver qué tal te iba...”

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, te hubiese encantado odiarla. Sentir que todo había sido culpa suya y que ella perdía más que tú. Arrepentirte de haberla conocido, de haber empezado quizás a enamorarte de la persona equivocada. Habrías deseado un intercambio de insultos antes que escuchar su voz intentando que no salieses de su vida. Te hubiera encantado que ella no te lo hubiera puesto tan difícil para acercarte, y más tarde tan difícil para alejarte.

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, te diste cuenta de que ibas a acordarte de ella cada vez que pasases por su barrio, cada vez que algo te hiciese tropezar y caer al suelo o cada vez que alguien viniese a intentar llenar tu vida. Ese día, ella también te dijo que nunca te olvidaría, pero sabes que no es verdad y que un día encontrará en su habitación tus discos o el libro que le regalaste y tendrá que hacer memoria para recordarte a ti, a tus nervios cuando estaba muy cerca y a tu forma de mirarla. Más tarde, llegará el día en el que también haya olvidado todo eso.

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, sabías perfectamente que ella acabará encontrando lo que busca. Siempre lo ha hecho. Por eso no te quedaste en su vida, jamás hubieras soportado lo inevitable: verla ilusionada con otra persona. Con eso no hubieras podido. Llegados a ese punto del camino, asumiendo que ella apuntaba mucho más alto de lo que creyó que podías darle, decidiste saltar del tren antes de que descarrilara. Al fin y al cabo, ya sólo se trataba de elegir con qué tipo de heridas preferías vivir. Fue bonito que decidieses quedarte con el daño que te estás haciendo tú mismo y no con el que ella podía hacerte sin quererlo. Fue triste ver cómo tu espíritu irreductible dejó de luchar. Fue raro que sacases de tu vida a quien jamás hubieses querido fuera de ella. Y va a ser muy feo que nada de eso te haga dejar de desearla.

¿Está siendo un buen verano? Cuéntame algo de tu vida, hace meses que no sé nada de ti...”

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, le dejaste claro que no volviera a acercarse, que tenías que empezar a pensar en tu propio bien, que verla aparecer y desaparecer estaba acabando contigo, que si no podíais estar muy cerca al menos te dejase estar lo más lejos posible. Y sonaron muy seguros tus argumentos, parecías convencido de que era lo mejor y de que estabas tomando una decisión inteligente. Lo cierto es que lo hiciste muy bien, parecía de verdad. Pero aquella noche, la del día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, fue una de las peores que recuerdas, no pudiste dormir y volvió a amanecer demasiado tarde.

   El día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, supiste que cuanto más le dices adiós, más partes de ti se van con ella, menos te alejas, más se queda.

   Desde el día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, sigues buscando motivos. Sigues deseando encontrar a alguien que te haga sentir lo mismo que cuando la veías aparecer a lo lejos y su mirada tapaba los parques, la lluvia, las calles, la vida. Y cuando cualquier noche apagues la luz y cierres los ojos pensando que por fin empiezas a olvidarla, su sonrisa aparecerá desobediente en cualquier sueño, sonará Pero a tu lado en algún lugar con mar y le dirás que tiene las manos más bonitas del mundo, que amas su pelo porque siempre lo lleva suelto, que te encantan sus dientes y esa forma tan rara de sus labios... y cuando el sueño termine, todo en tu vida parecerá importar menos. Ella despertará como cualquier otra mañana sin saber que, al otro lado de la ciudad, por fin la has besado. Y tú pasarás un día difícil y la gente te creerá cuando les digas que simplemente has dormido mal. Pero ni siquiera esta sensación será capaz de arrancarte un recuerdo que querrás conservar toda tu vida: el de verla sonreír en el metro al final de tu noche favorita, aquel mes de Diciembre. El recuerdo de sentir, durante una sola noche, que estaba realmente cerca. Aunque ahora lleves un tiempo viendo cómo crece en ti esa maldita sensación de haber hecho el ridículo, de que nada de esto ha ocurrido, de habértelo inventado todo. De no saber ni hacia dónde mirar.

   Y es que desde el día en que (por una vez) decidiste ser un chico egoísta, odias más que nunca haber tenido razón desde el principio y recuerdas lo de meterte en problemas, lo de las chicas que buscan chicos que tienen poco que ver contigo... ya sabes. Y a veces te encantaría volver unos años atrás, a veces ser otra persona. Una que hubiese sido capaz de conocerla otra vez y que todo hubiese funcionado.

   Pero lo peor es que desde ese día también sientes que hay algunas preguntas que nunca duelen tanto como cuando sabes la respuesta.

"¿Sigues echándome de menos los jueves?"

Diego G. B.



"Y la playa llora y llora, 
y desde mi casa grito 
que aunque pienso en abrazarte, 
que aunque pienso en ir contigo..."

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viernes, 7 de agosto de 2015

Tu piedra preferida

 ¿Se te ha roto el reloj de tanto esperar?

 ¿Cuántos jueves han pasado ya?

 ¿Cuántas veces has querido volver atrás
y convencer a tu "yo" del pasado
de que aquella conversación no fue tan bonita,
de que lo de aquella noche no era magia?
Simplemente comenzó a llover y sus ojos eran mucho mejores que tus paraguas.

 Ahora.

 Después de descubrir su mirada,
¿cómo vas a negar ahora que la esperanza es verde?

 ...ahora
que has saltado de la cama sin saber dónde acaban los sueños
ni por qué cada mañana te caes por el hueco que los separa de la realidad.

 ...ahora
que en tu ansia por enseñarle tu mundo,
se ha acabado llevando tantas notas
que tu música ya nunca suena igual.

 ...ahora
que odias hasta los regalos que le hiciste
porque ellos sí han conseguido quedarse a vivir junto a su cama.

 ...ahora
que repasas cada uno de los besos que te escribió
y cada uno de los versos que te dio,
mientras te preguntas
por qué nunca
pudo hacerlo
justo
al revés.

 ...ahora
que Madrid te parece más grande que antes
pero la idea de cruzarte cualquier día con ella
te ha vuelto a hacer temblar.

 ...ahora
que te has acostado y despertado junto a todo su ser
mientras su cuerpo estaba en el otro extremo de la ciudad,
demasiado al norte de tus suspiros
como para que vuelvas a tropezarte,
como para que vuelva a equivocarse,
como para que VUELVA
y,
ya sabes...
todo vuelva.

 ¿Qué va a decir tu ilusión cuando se entere?
¿Cómo se explica esto en su idioma?

 ¿Otra vez te has buscado tanto...
tanto...
tanto...
que has acabado encontrándola a ella antes que a ti mismo?

 ¿Por qué no dejas de inventarte remedios
y les cuentas a todos de una vez
que desde que se fue
ya siempre te cubres cuando llueve?
Que has vuelto a soñar con ella
y que esta vez estaba tan cerca que...
que casi podías...

 ¿Adónde se irán los deseos que nunca acertaron,
los deseos idiotas,
los que jamás supieron cumplirse?

 ¿Y tú?

   ¿Adónde

      irás

        ahora?

Diego G. B.


jueves, 25 de junio de 2015

La vida a orillas del Rin


Hace mucho tiempo, en la región de Renania comenzó a contarse una historia acerca de las vidas que nunca vivimos.

En una de las impredecibles curvas del río Rin, se encuentra una enorme roca contra la que de noche chocaban los barcos pesqueros con frecuencia, provocando miles de muertes cada año. La tragedia era tal, que las gentes de la zona comenzaron a atribuir el desastre a un ser mitológico que habitaba en aquella roca.

Y así fue como en las aldeas y los bosques de la región comenzó poco a poco a hablarse de Loreley, una preciosa sirena que enamoraba a los pescadores con canciones que hablaban de un mundo de belleza incomparable y de lo felices que podían llegar a ser si se entregaban a ella. Muchos de ellos, que malvivían vendiendo lo que pescaban y carecían de sueños que fuesen más allá que llegar a casa para cenar un día más, se dejaban convencer por su voz y sus encantos... y, en busca de mundos mejores, en busca de otras vidas, se iban con ella para siempre.


Hoy, el valle del Rin es una zona mucho más tranquila, ya nadie se deja la vida en esa curva del río y Loreley es sólo el nombre de aquella roca, ahora coronada por la escultura de una misteriosa sirena cuya historia poca gente del lugar realmente conoce. Dicen que si hablas con los habitantes de ciertas zonas del valle, te sorprenderás al ver que muchos de ellos son incapaces de concebir que exista mundo más allá de sus propias fronteras. Cuentan que otros muchos saben que la vida puede ser más feliz fuera de ellas, pero se quedan allí por miedo de comprobar que sus sospechas sean ciertas.

Y ahora me estoy dando cuenta de que quizá muchas de nuestras vidas sean justo así. Quizá vivamos pensando en que un canto de sirena nos pueda hacer creer en algo más bonito y temamos verlo pasar ante nuestros ojos sin poder alcanzarlo jamás. Tal vez nada nos haga sufrir más que lo que no hemos vivido. Puede que el miedo a creer que podemos ser felices sea más fuerte que el deseo de serlo.


- Life... Life is all right on the Rhine?
- No, but I know I would have nowhere to go.


miércoles, 7 de mayo de 2014

Quizá nunca regrese


Ya nunca escuchas cuando dicen que te pierdes,
que no distingues los domingos de los viernes,
que ayer saliste a preguntarle a las sirenas
quién borrará tus corazones en la arena.

Noche tras noche inundas de dudas tu almohada,
cada mañana miras y no queda nada.
Nada que te hable de tus pasos adelante
o de ciudades que aún hoy brillan como antes.

Y sale el sol como si nunca se enterara
de que sin luz casi te sientes menos rara.
Como una vida interminable junto al mar,
como la lluvia más difícil de olvidar. 


¿Aprenderás a salir viva cada noche,
a no llorar en los asientos de los coches,
o volverás a los vagones sin salida
que llevan siempre a los suburbios de tu vida? 


Cuentan que vives apostando todo al rojo,
como una niña que hace caso a sus antojos
sin acordarse de sus sueños de princesa...
qué mal sonríes cuando es otro el que te besa. 


Compartes noches con daiquiris y placeres
que no iluminan nublados atardeceres
y el horizonte sólo te devuelve olas.
Son como tú, no saben cómo vivir solas.

Diego G. B.
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lunes, 25 de noviembre de 2013

Si quieres el mundo

Sal con una chica que no lee (por Charles Warnke)

 Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle os ilumine, tal y como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

 Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has firmado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléate con ella por cosas insignificantes, como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

 Concluye que probablemente deberíais casaros porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso 45 de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champagne con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, sonríe de todas formas.

 Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero sólo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de vuestras vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

 Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

 Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo continuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya llenado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

 Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

 No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con Joyce, con Nabokov, con Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.

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Sal con una chica que lee (por Rosemary Urquico)

 Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el armario porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.

 Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

 Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

 Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace sólo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

 Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, en Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace. Por lo menos tiene que intentarlo.

 Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.

 Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.

 ¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.

 Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

 Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

 Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás vuestra historia, tendréis hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The cat in the hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminaréis juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

 Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si sólo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

 O mejor aún, a una que escriba.

 

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martes, 29 de octubre de 2013

My love, like the warmth of the sun, it won't ever die

 "The warmth of the sun" nació durante la noche del 21 de Noviembre de 1963, horas antes de que asesinaran a John Fitzgerald Kennedy en Dallas. Había una extraña sensación en el ambiente cuando escribí esta canción antes de irnos a dormir. A la mañana siguiente, nos despertamos con la noticia de que habían disparado al presidente Kennedy. Cuando grabamos la canción días después, nos devolvió esa sensación que tuvimos aquella noche, esa inquietante melancolía.

 La melodía era tan cautivadora, tan triste, que al escribir la letra sólo pude pensar en la pérdida del amor, cuando el interés va desapareciendo y los sentimientos no son correspondidos. Aun así, yo quería tener un resquicio de esperanza entre todas aquellas nubes, así que escribí la letra desde la perspectiva de: “Vale, las cosas han cambiado y el amor ya no está aquí, pero su recuerdo perdura como el calor que queda al irse el sol”.


 (Mike Love, autor de "The warmth of the sun") 

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lunes, 9 de septiembre de 2013

Diferente (del resto de la gente)



 En una de sus noches de verano, se vieron así, sonriéndose mientras caminaban abrazados por alguno de esos paseos marítimos que parecen esconder una historia de amor bajo cada farola. 

 Fue justo ahí, en ese lugar tan alejado de la Gran Vía, de los teatros, de los McDonalds y de todas esas calles que mil veces recorrieron mientras desnudaban dos corazones. Ahí fue donde entendieron que, por encima de todos los defectos y todos los errores, había algo que sabían hacer mejor que nadie: olvidaban a cada paso que en el fondo sólo eran mariposas. Y a diferencia de todos los que les rodeaban, habían aprendido a vivir como si sus vidas durasen más de un rato, como si en realidad nada importase tanto.

 Diego G.B. 

 “Y yo, 
que no puedo estar sin ti, 
no he encontrado la manera 
de que no tengas que morir. 
Si te quedas quieta ahí, 
yo te grabo en mi cabeza 
cuando no paras de reír.” 

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lunes, 29 de julio de 2013

Ascensores prohibidos

Pues sí. Hoy se ha puesto a pensar, y eso nunca acaba muy bien. Ha mirado al suelo y ha empezado a seguir sus propias huellas hasta que ha llegado a sus días felices, los que parecían mucho más cortos. Aquéllos en los que no hacía tanto frío y era más fácil dormir. Los días con ella.
La quiso como quien se enamora de una nube, encontrando en ella formas maravillosas que sólo él era capaz de ver, pero con miedo a acostumbrarse y que un golpe de viento le alejase de su inolvidable mirada para siempre. La quiso con la inconsciencia de quien no mira el reloj para que el tiempo no pase. La quiso más allá de la realidad.
Ahora vive más tranquilo, pero es una tranquilidad venenosa. La de saber que el teléfono no va a sonar, que su nombre no va a aparecer en mitad de sus días y que ya no va a haber más “problemas”. Esta tranquilidad que no es mejor que las noches entre lágrimas y sueños rotos, porque esta tranquilidad, a diferencia de aquellas noches, ni siquiera tiene la decencia de terminar cuando comienza un nuevo día.
Y así es como pasa su vida. Perdiendo al escondite contra el amor. Jugando a imaginarse feliz con otras chicas que ni son ella ni son tan buenas actrices como para saber interpretar su papel. Y nunca se lo dice a nadie, pero le encantaría que alguna se presentase a media mañana de cualquier lluvioso día de Octubre o Noviembre con un paraguas amarillo y unas buenas botas de agua, dispuesta a arrancarle de su aburrido lugar de trabajo para llevarle a hacer la única cosa que desea desde hace casi dos años: sonreírle al mal tiempo.
Luego llega a casa y se da cuenta de que no es justo. Que no tiene derecho a pedir por ahí lo que la vida le ha quitado. Y su maldita cabeza, que ya no hace caso a nadie, se empeña en viajar una y otra vez a esa playa. A aquel verano en el que cualquier cosa que no cupiera entre sus suspiros y los de ella carecía de valor. La recuerda sonriendo desde el agua y se muerde los labios cuando le parece estar sintiendo sus besos en la orilla. Y vendería su vida a cambio de un segundo de aquella noche en la que apagaron sus móviles y de repente, por una vez, pareció que nadie les miraba.
Por eso a veces tiene noches como la de hoy, en las que hace tanto frío que apenas importa que el invierno acabase hace ya casi tres meses. Mañana le costará colocarse las lentillas, pero lo hará, y volverá a salir el sol para recordarle que ya no brilla como antes, como cuando los días empezaban con su voz de niña tarareando cualquier canción que había escuchado en la tele o con su pelo largo rompiendo filas por la almohada. Como esos días en los que nada de lo que hubiera ahí fuera importaba tanto. Porque… sí, ella hizo muchas cosas mal, muchísimas, pero el único error que él cometió fue aún más grande: creyó que la vida continuaría sin el olor de su piel al amanecer.

Mientras tanto, a demasiadas vidas de distancia, ella pone el despertador a las 7:00. Como todos los días. Guarda las gafas y el corazón en la mesilla de noche, como todos los días. Y como todos los días, vuelve a compartir su cama con el cuerpo equivocado.
Al principio sentía la amargura de la peor de las traiciones, la que alguien comete contra sus propios ideales. Pero eso ya no le importa mucho, quizá porque ella misma también es la persona equivocada, algo así como una mujer disfrazada de otra.
Porque hace tiempo decidió caminar por el sendero marcado. Dejarse de locuras y ser una chica normal, como le dijo su madre. Y regalarle su vida a un hombre entre tantos. Alguien que nunca le preguntará por él. Un hombre que nunca querrá enterarse de si en algún momento llegó a conocer la verdadera felicidad y sus despertares se incendiaron de vida. Que no sabrá si alguna noche de verano, quizá como la de hoy, su pelo se llenó de arena y su cuerpo olió a mar. 

Diego García

"Me moriré de ganas de decirte
que te voy a echar de menos"

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