lunes, 25 de noviembre de 2013

Si quieres el mundo

Sal con una chica que no lee (por Charles Warnke)

 Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle os ilumine, tal y como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

 Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has firmado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléate con ella por cosas insignificantes, como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

 Concluye que probablemente deberíais casaros porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso 45 de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champagne con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, sonríe de todas formas.

 Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero sólo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de vuestras vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

 Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

 Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo continuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya llenado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

 Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

 No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con Joyce, con Nabokov, con Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.

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Sal con una chica que lee (por Rosemary Urquico)

 Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el armario porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.

 Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

 Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

 Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace sólo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

 Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, en Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace. Por lo menos tiene que intentarlo.

 Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.

 Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.

 ¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.

 Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

 Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

 Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás vuestra historia, tendréis hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The cat in the hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminaréis juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

 Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si sólo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

 O mejor aún, a una que escriba.

 

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martes, 29 de octubre de 2013

My love, like the warmth of the sun, it won't ever die

 "The warmth of the sun" nació durante la noche del 21 de Noviembre de 1963, horas antes de que asesinaran a John Fitzgerald Kennedy en Dallas. Había una extraña sensación en el ambiente cuando escribí esta canción antes de irnos a dormir. A la mañana siguiente, nos despertamos con la noticia de que habían disparado al presidente Kennedy. Cuando grabamos la canción días después, nos devolvió esa sensación que tuvimos aquella noche, esa inquietante melancolía.

 La melodía era tan cautivadora, tan triste, que al escribir la letra sólo pude pensar en la pérdida del amor, cuando el interés va desapareciendo y los sentimientos no son correspondidos. Aun así, yo quería tener un resquicio de esperanza entre todas aquellas nubes, así que escribí la letra desde la perspectiva de: “Vale, las cosas han cambiado y el amor ya no está aquí, pero su recuerdo perdura como el calor que queda al irse el sol”.


 (Mike Love, autor de "The warmth of the sun") 

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lunes, 9 de septiembre de 2013

Diferente (del resto de la gente)



 En una de sus noches de verano, se vieron así, sonriéndose mientras caminaban abrazados por alguno de esos paseos marítimos que parecen esconder una historia de amor bajo cada farola. 

 Fue justo ahí, en ese lugar tan alejado de la Gran Vía, de los teatros, de los McDonalds y de todas esas calles que mil veces recorrieron mientras desnudaban dos corazones. Ahí fue donde entendieron que, por encima de todos los defectos y todos los errores, había algo que sabían hacer mejor que nadie: olvidaban a cada paso que en el fondo sólo eran mariposas. Y a diferencia de todos los que les rodeaban, habían aprendido a vivir como si sus vidas durasen más de un rato, como si en realidad nada importase tanto.

 Diego G.B. 

 “Y yo, 
que no puedo estar sin ti, 
no he encontrado la manera 
de que no tengas que morir. 
Si te quedas quieta ahí, 
yo te grabo en mi cabeza 
cuando no paras de reír.” 

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lunes, 29 de julio de 2013

Ascensores prohibidos

Pues sí. Hoy se ha puesto a pensar, y eso nunca acaba muy bien. Ha mirado al suelo y ha empezado a seguir sus propias huellas hasta que ha llegado a sus días felices, los que parecían mucho más cortos. Aquéllos en los que no hacía tanto frío y era más fácil dormir. Los días con ella.
La quiso como quien se enamora de una nube, encontrando en ella formas maravillosas que sólo él era capaz de ver, pero con miedo a acostumbrarse y que un golpe de viento le alejase de su inolvidable mirada para siempre. La quiso con la inconsciencia de quien no mira el reloj para que el tiempo no pase. La quiso más allá de la realidad.
Ahora vive más tranquilo, pero es una tranquilidad venenosa. La de saber que el teléfono no va a sonar, que su nombre no va a aparecer en mitad de sus días y que ya no va a haber más “problemas”. Esta tranquilidad que no es mejor que las noches entre lágrimas y sueños rotos, porque esta tranquilidad, a diferencia de aquellas noches, ni siquiera tiene la decencia de terminar cuando comienza un nuevo día.
Y así es como pasa su vida. Perdiendo al escondite contra el amor. Jugando a imaginarse feliz con otras chicas que ni son ella ni son tan buenas actrices como para saber interpretar su papel. Y nunca se lo dice a nadie, pero le encantaría que alguna se presentase a media mañana de cualquier lluvioso día de Octubre o Noviembre con un paraguas amarillo y unas buenas botas de agua, dispuesta a arrancarle de su aburrido lugar de trabajo para llevarle a hacer la única cosa que desea desde hace casi dos años: sonreírle al mal tiempo.
Luego llega a casa y se da cuenta de que no es justo. Que no tiene derecho a pedir por ahí lo que la vida le ha quitado. Y su maldita cabeza, que ya no hace caso a nadie, se empeña en viajar una y otra vez a esa playa. A aquel verano en el que cualquier cosa que no cupiera entre sus suspiros y los de ella carecía de valor. La recuerda sonriendo desde el agua y se muerde los labios cuando le parece estar sintiendo sus besos en la orilla. Y vendería su vida a cambio de un segundo de aquella noche en la que apagaron sus móviles y de repente, por una vez, pareció que nadie les miraba.
Por eso a veces tiene noches como la de hoy, en las que hace tanto frío que apenas importa que el invierno acabase hace ya casi tres meses. Mañana le costará colocarse las lentillas, pero lo hará, y volverá a salir el sol para recordarle que ya no brilla como antes, como cuando los días empezaban con su voz de niña tarareando cualquier canción que había escuchado en la tele o con su pelo largo rompiendo filas por la almohada. Como esos días en los que nada de lo que hubiera ahí fuera importaba tanto. Porque… sí, ella hizo muchas cosas mal, muchísimas, pero el único error que él cometió fue aún más grande: creyó que la vida continuaría sin el olor de su piel al amanecer.

Mientras tanto, a demasiadas vidas de distancia, ella pone el despertador a las 7:00. Como todos los días. Guarda las gafas y el corazón en la mesilla de noche, como todos los días. Y como todos los días, vuelve a compartir su cama con el cuerpo equivocado.
Al principio sentía la amargura de la peor de las traiciones, la que alguien comete contra sus propios ideales. Pero eso ya no le importa mucho, quizá porque ella misma también es la persona equivocada, algo así como una mujer disfrazada de otra.
Porque hace tiempo decidió caminar por el sendero marcado. Dejarse de locuras y ser una chica normal, como le dijo su madre. Y regalarle su vida a un hombre entre tantos. Alguien que nunca le preguntará por él. Un hombre que nunca querrá enterarse de si en algún momento llegó a conocer la verdadera felicidad y sus despertares se incendiaron de vida. Que no sabrá si alguna noche de verano, quizá como la de hoy, su pelo se llenó de arena y su cuerpo olió a mar. 

Diego García

"Me moriré de ganas de decirte
que te voy a echar de menos"

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lunes, 3 de junio de 2013

Aquellos ojos verdes como el mar...

[Balcón del Grand Hotel Excelsior Vittoria, en Sorrento, donde Enrico Caruso decidió entregar su último soplo de vida al amor]

 Hace años, investigando sobre los cinco minutos musicales más emocionantes para mí, descubrí que la canción hablaba de un hecho real: la muerte de Enrico Caruso.

 Muy de vez en cuando, la vida escribe guiones perfectos, en los que la última escena le da valor a todo lo anterior. Como en una maravillosa película, el argumento va hilando una historia que alterna y entrelaza tantas luces y tantas sombras que al final es imposible entender unas sin la existencia de las otras. Pero la vida sigue su camino hasta que se apaga… y entonces, cada segundo vivido, desde la primera sonrisa hasta la última lágrima, tiene sentido por el mero hecho de formar parte del camino recorrido hacia un momento único que justifica todo lo anterior. Quizá para recordarnos que el amor más profundo siempre supera al más intenso de los dolores. Siempre.



 Finales del mes de Julio de 1921. Estamos en Sorrento, sur de Italia. Enrico Caruso, probablemente el mejor tenor de la historia, padece un cáncer de garganta que le provoca dolor hasta al hablar. Está profundamente enamorado de una chica a quien da clases de canto, pero él sabe que a su vida quizá le queden ya muy pocos capítulos como para que uno sea de amor.

 Una noche de aquel verano, no puede resistirse a esos ojos que le miran con admiración y decide sobreponerse al terrible dolor de su enfermedad para así poder cantar para ella una sobrecogedora mezcla de sufrimiento y el más puro amor.

Te voglio bene assai. 
Ma tanto, tanto… bene sai. 
É una catena ormai 
che scioglie il sangue dint' e' vene sai. 

 La fuerza de su voz y la belleza de su canto atrajeron a los pescadores de alrededor, que acudieron al puerto y se pararon allí, a la orilla, para escucharle. Y la luz de sus barcas hizo que Caruso recordara los días de gloria, las noches que pasó observando los enormes edificios de Nueva York, donde se hizo famoso por sus actuaciones en el Metropolitan Opera. Por un instante, le pareció estar en su mejor momento, en la plenitud de su carrera.

 El dolor era insoportable, pero ni lo siente cada vez que mira a su amada apoyada en el piano, observándole serenamente con atención. Por eso no deja de cantar para ella. Por eso continúa su eterna declaración de amor.

 Esa misma noche, por el esfuerzo realizado, su estado de salud se deterioró más aún y dos días después, el 2 de Agosto de 1921, el corazón enamorado de Enrico Caruso dejaba de latir para siempre.

 Así es como late esta canción, entre la pasión y el dolor, entre la vida que se enciende en los ojos de una mujer y la muerte que espera y es esperada, entre las luces del ayer y el esplendor de un mañana que él sabía que nunca existiría. Pero sobre todo late con el amor, que a veces consigue que cinco minutos valgan más que una vida entera. Así fue su último concierto. Y éste fue su público: los pescadores, el mar oscuro y profundo, las estrellas, la luna clara del último verano… y ella.
(Diego García)
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 TRADUCCIÓN DE LA LETRA 

Aquí donde brilla el mar 
y sopla fuerte el viento, 
sobre una vieja terraza 
ante el golfo de Sorrento, 
un hombre abraza a una muchacha 
después de haber llorado. 
Tras aclararse la voz, 
vuelve a comenzar el canto: 

 “Te quiero mucho. 
Pero tanto, tanto… ¿sabes? 
Es casi como una cadena 
que funde la sangre de mis venas, ¿sabes?” 

 Vio las luces en medio del mar 
y pensó en las noches allí en América, 
pero eran sólo los faros de barcos 
y la blanca estela de una hélice. 

 Sintió el dolor en la música 
y se levantó rápidamente del piano… 
pero cuando vió la luna salir tras una nube, 
le pareció dulce hasta la muerte. 

 Miró en los ojos de la muchacha, 
aquellos ojos verdes como el mar… 
de repente apareció una lágrima 
y él se creyó ahogar. 

 “Te quiero mucho. 
Pero tanto, tanto… ¿sabes? 
Es casi como una cadena 
que funde la sangre de mis venas, ¿sabes?” 

 La fuerza de la lírica, 
donde cada drama es ficticio, 
que con un poco de maquillaje y con mímica 
puedes convertirte en otro. 

Pero dos ojos que te miran 
tan cercanos y sinceros 
te hacen olvidar las palabras 
y confundir el pensamiento. 

 Y entonces se vuelve todo más pequeño, 
incluso las noches allí en América, 
y miras atrás y ves tu vida 
como la estela de una hélice. 

 Y sí, es la vida que se acaba, 
pero él ya no pensaba tanto en ello. 
Al contrario, ahora ya se sentía feliz, 
y volvió a comenzar su canto: 

 “Te quiero mucho. 
Pero tanto, tanto… ¿sabes? 
Es casi como una cadena 
que funde la sangre de mis venas, ¿sabes?” 

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martes, 30 de abril de 2013

2.000 razones


 Lo que no sabías es que aquella noche sería la última. 

 Ya se había ido el sol cuando, como cada viernes, comenzaste a guardar tu semana en el cajón y a tapar tus recuerdos bajo capas de maquillaje. Últimamente tu vida no estaba siendo más que una carretera sin señalizar y habías decidido recorrerla dando bandazos, sin saber siquiera si las vallas pudiesen llegar a desaparecer y cualquier día te alejases del camino para no volver jamás. Pero no pensabas en ello, y aquella noche lo único que te preocupaba era no ser la del espejo. Eso, y acordarte de tomar esa pastilla rosa que tus amigas te habían prohibido porque sacaba eso que nunca habían visto en ti. Las mismas amigas que últimamente se habían acostumbrado a ver tu preciosa mirada perdida en clase y que ya habían empezado a dejar de contar contigo para sus planes. Las que no recordaban tu sonrisa. Las que ya no sabían cómo ayudarte. 

 Pero a ti no te importaba salir sola, sabías que en un rato todo el mundo querría incluirte en sus planes. Tampoco allí ibas a escuchar un “te quiero” o un “te echo de menos” como los que te estabas cansando de necesitar, pero qué más daba. Saliste de tu piso de alquiler y de ti misma, deseando ensuciarte las manos de vida y volver a casa de madrugada con el alma despeinada. Como cada noche de viernes. Como cada noche hasta aquel viernes. 

 Nunca se te había dado bien preguntar por qué, ni reconocerte en problemas. Te habías prohibido pedir ayuda pero, mientras intentabas levantarte, tu propio peso te enviaba cada vez más al fondo. Sin puntos de apoyo, tu vida se perdía entre millones de luces artificiales hasta que, de entre todas ellas, su mirada apareció sin pedir permiso para tenderte su mano y llevarte exactamente adonde necesitabas ir: a cualquier otra parte. 

 Lo que no sabías es que aquella noche sería la primera.
Diego G.

 

 Entraría en tu luz 
 con una canción sencilla, 
 tres notas y una bandera 
 tan blanca como el corazón 
 que late en tu cuerpo de niña. 

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jueves, 11 de abril de 2013

Algún tipo de conquista

 A veces me ves con mirada ausente y me preguntas que en qué estoy pensando. Es sencillo pero temo asustarte. Por eso no suelo contestar o te regateo sonriéndote y cambiando de tema. Pero lo que pasa es sencillo: te amo con premeditación y alevosía, te amo rabiosamente, con vehemencia. Es más sencillo aún: al mirarte se me salen los sentidos por la boca. Pero nunca quiero decírtelo del todo porque el ser humano tiende a buscar otras metas cuando alcanza con facilidad un trofeo. 

 Yo quiero clavarme a tu futuro igual que un título se clava en un libro, en la portada y para siempre. Me dan a menudo demasiadas ganas de soltarte este tipo de barbaridades pero corro el riesgo de que pienses que no quieres luchar por algo que no tiene complicación, que pienses que sólo merecen la pena los amores que conllevan algún tipo de conquista, y qué quieres que te diga, tú aún no lo sabes, pero a los pocos días de conocerte tus ojos clavaron una bandera en la cima de mi corazón y te aseguro que no va a haber manera de arrancarla… así que mejor sigo así, callado, haciéndote pensar que no soy del todo tuyo. Seguro que de ese modo no se te van a ir las ganas de luchar. Entiéndeme… yo también lucho, lucho cada día contra mí para no decirte todas estas cosas: que cuando no te veo soy un hombre en un pantano, que desde que te conozco no recuerdo el nombre del invierno.

("Es sencillo", Marwan)

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domingo, 10 de marzo de 2013

Y sé que a veces piensas que estoy algo ido...

(Segunda parte de esto)

 Colecciono bolas de nieve. Odio las frases que empiezan por “Pensándolo bien…”. Prefiero caer mal antes que generar indiferencia. Nunca me han gustado las discotecas ni conecto muy bien con eso que llaman “salir de fiesta”. Tengo la manía de oler dos cosas: las hojas de los libros nuevos y las bolsas de Ruffles recién abiertas. Suelo cambiar el color de los cordones de mi calzado porque odiaría cruzarme por la calle con alguien que lo lleve igual que yo. Recuerdo perfectamente mi primer día de colegio, tenía cuatro años y no fui capaz de entender que nadie pudiese traerme a mi hermano para jugar con él. Me gusta el olor a verano pero no soporto el calor. La aplicación que más uso en mi móvil es el Bloc de Notas, lo tengo repleto de frases que se me van ocurriendo, de ideas para relatos, de versos que nunca utilizo… Me encanta cocinar, hay miles de platos que quiero aprender a hacer bien. Regalarme un viaje siempre es buena idea. Hay cosas importantes de la vida sin las que no concibo la existencia, como los batidos de fresa del Vips, los San Francisco, los Fresa Frappé de Faborit, los cocktails con sandía o los granizados (también de sandía) de Llaollao; cuando paso demasiado tiempo sin estas cosas siento una tristeza muy rara. Huyo cuando voy tranquilamente por la calle y veo una cámara de televisión. Me engancho con facilidad a las personas que me hacen reír, y con más facilidad aún a las que me hacen sonreír. Adoro las tiendas de cine antiguo, con carteles viejos y postales de actores. No me suele gustar ver mis fotos. Soy incapaz de dormir en una habitación que no tenga la puerta completamente cerrada. Nunca olvidaré aquel concierto de Luis Ramiro y Marwan. A veces hay que ponerse un poco pesado conmigo para quedar, pero no me molesta nada ese tipo de “pesadez”; lo que nunca hago es ponerme pesado yo para quedar con alguien. Me sienta fatal cuando estoy escribiendo en WhatsApp y la otra persona empieza a escribir. De todas las chicas del mundo con las que nunca he hablado, la más guapa se llama Lourdes Hernández y la llaman Russian Red. Algunas veces intento caminar sin pisar las rayas que separan las baldosas de la calle, o pisando sólo las de un color. Tardo entre diez y veinte capítulos en aprenderme los nombres de los personajes de una serie, a veces más. Hay días en que quisiera saber lo que algunas personas de mi vida esperan de mí; otros días me da miedo. Me encantan las bodas. Nunca sé qué decir cuando me hablan de mis pestañas. Creo que las cosas saben mucho mejor en vaso de cristal y con hielo. Sólo he ganado una vez a los bolos, pero me encanta jugar. Sin las series japonesas de animación, mi infancia y mi vida no habrían sido lo mismo. Quizás últimamente esté exigiendo demasiada inteligencia a las personas. Voy tan a mi bola que es extremadamente difícil verme enfadado o discutiendo con alguien, lo cual suena muy bonito pero a mí me parece un gran defecto. Recomendaría a cualquiera mi película favorita, pero a muy poca gente mi libro preferido. No creo en quien no cree en la magia. Me siento incómodo en grandes grupos, por eso cuando salgo casi siempre es con una o dos personas. Hasta yo me sorprendo de mi facilidad para los idiomas, pero tengo problemas en lo más importante: utilizarlos cara a cara. Todavía escribo y envío cartas, christmas, postales... Creo que Kiko Mizuhara tiene la cara más “Lejos del Paraíso” que he visto en mi vida, y por eso la elegí como imagen de este blog y de la página en Facebook. No soporto ir por la calle muy cerca de los que van justo delante, necesito espacio ante mí al caminar. Aún compro películas y series en DVD. Hace poco me dijeron que mi problema es que estoy enamorado del amor… no me parecieron buenas noticias. Casi siempre pierdo mis apuestas, lo cual es preocupante por lo fácil que soy de provocar para que a la mínima ya me esté jugando algo. La primera letra de canción que me aprendí en inglés fue la de “Thunder Road” de Bruce Springsteen, para mí una de las mejores canciones de la historia. Siempre duermo tapado, aunque sea por una sábana finísima. Amo la NBA. Cuando gasto demasiado dinero en poco tiempo, me autocastigo con un “fin de semana económico”. No me gusta casi ningún concurso de televisión porque odio cuando, al preguntar algo, el concursante no lo sabe y yo sí. Una de mis costumbres más sanas es hacer deporte regularmente, y otra mi vasito de leche de antes de dormir. No me gustaría saber cuándo ni cómo voy a morir, pero eso no impide que a veces me dé por pensar en ello; de momento mi teoría es “atropellado por un coche híbrido de ésos silenciosos”. Es prácticamente imposible escucharme hablar de política. Siempre me ha encantado la música que se hace en Argentina. Lo mío con la corrección ortográfica seguro que tiene un nombre en Psiquiatría. No conozco ninguna chica a quien le quede mejor el pelo corto o recogido que largo y suelto. Cuando viajo en autobuses, trenes, metros… no me puedo sentar en los asientos que miran hacia atrás; además, en el metro busco casi obsesivamente la zona con menos gente del vagón. Llevo toda mi vida abriendo un huevo Kinder cada fin de semana. Soy un loco de las cazadoras, las chaquetas y los abrigos. Pienso que el principal motivo de la infelicidad de la gente está en creer que sólo hay una forma de ser feliz. Hay dos cosas que tengo claras: que soy demasiado inconsciente y que tendría que serlo más. El mejor consejo que me han dado es que para ganar, a veces primero hay que perder. Creo que éste es el videoclip más bonito que existe:



“…pero nunca pierdo una sola oportunidad de admirar cómo te deslizas como si fueras de viento y, al contacto de mis dedos, te desvanecieras.”
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domingo, 17 de febrero de 2013

Lo malo de la esperanza


 “Hoy estaba más callado”, piensa mientras camina por el andén al compás de sus botas de tacón. Todavía no se han cerrado las puertas de los vagones y ahí dentro se ha quedado él, como un tonto, esperando a que el metro se ponga ya en marcha para conseguir verla al menos una vez más antes de que desaparezca entre los pasillos de la estación.

 “Estaba más nervioso que de costumbre, como si algo hubiera cambiado en su interior. Diría que había hasta un poco de miedo en su mirada, como si de repente se hubiese asustado…”, apunta para sí misma al tiempo que atraviesa la avenida que lleva hacia su casa sin mirar si pasan coches, como hace siempre. “Bueno, serán cosas mías… Pero es tan raro… Cualquiera sabe en qué está pensando cuando me mira o cuando no dice nada.”

 Al doblar la última esquina y ver su portal, comienza a buscar las llaves por el bolso. Pero en el momento de meter la mano, nota que algo vibra entre todas sus cosas. Se olvida de lo que buscaba y se centra en encontrar su teléfono móvil, para justo después leer las palabras que lo cambiaron todo…

 Si un día, por no poder darte todo, tengo que darte por perdida…
…cuando mis manos olviden el olor de tu perfume y para sentir tu pelo tenga que acariciar mis sueños más inconscientes, los que nunca tuve el valor de borrar…
…el día que no vuelvan a chocar nuestras caras ni me tiemble el alma con el temblor del saludo de tu voz…
…cuando la verdad me grite cada noche hasta despertarme, cuando le pregunte a las mañanas para qué sirven los días…
…si me cierras el grifo de las cosas que nadie entiende…
…cuando el amor juguetee a sonreírme en bocas que me ofrezcan lo que yo sólo quiero tener de la tuya…
…si tengo que aprender algún día a conformarme con las cosas que llevo toda la vida rechazando por mi enfermiza manía de creer sólo en princesas de barrio con ojos de cuento…
…cuando ni siquiera mis dibujos sepan encontrarte entre mis tardes por Madrid, cuando las semanas pasen como un caprichoso lunes y recordarte sea saltar al vacío...
…el día que me sueltes la mano, descienda de tus nubes hasta el suelo y mi caída sea silenciosa, como si me convirtiese en algodón, porque yo nunca he sabido hacer ruido en tu vida…
…si mis latidos y tus “Te quiero” jamás llegan a conocerse…
…cuando de repente caduquen esas incomprensibles ganas que tuviste de descubrirme, si vacías mi vaso y eliges por fin el camino correcto…

 …cuando decidas dejar de ser mis mejores días y deshagas mis maletas, sólo te reclamaré dos promesas: que no me pidas que mi vida sea como antes de cruzarme con tu mirada y que tu cabeza jamás sea capaz de convencerte de que a mi lado no hubieras sido feliz.

Diego García


"Quizás tenga más suerte 
y me regalen otra vida 
en la que pueda conocerte 
con más detenimiento…"


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domingo, 10 de febrero de 2013

Jamás


Eres lo más lindo que hay, 
como una mariposa en una flor. 
Y aunque te puedo hacer volar, 
nunca te pude enamorar. 

Me prometiste tu amor, 
pero los dos sabemos la verdad. 
Y sé que te arrepentirás, 
pero jamás te quedarás. 

Ni por todo el té de China, 
ni aunque te cante esta canción, 
ni recorra la Argentina 
o te dé mi corazón. 
Ni aunque escriba para ti 
mil canciones más de amor, 
ya no sé qué puedo hacer 
si hasta me quedé sin voz. 

Ahora que me quiero morir, 
me dices que no eres tú, soy yo. 
Y sé que te arrepentirás, 
pero jamás te quedarás. 

Ni por todo el té de China, 
ni aunque te cante esta canción 
ni recorra la Argentina 
o te dé mi corazón. 
Ni aunque escriba para ti 
mil canciones más de amor, 
ya no sé qué puedo hacer 
si hasta me quedé sin voz. 

Ya no sé qué más hacer 
si esta historia se acabó.

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miércoles, 30 de enero de 2013

Cifras y letras

- Nací el cuarto día del cuarto mes de 1985. De aquí parten dos conclusiones innegables: que tengo 27 años y que mi número favorito es el 4.

- Mido 1 metro y 84 centímetros. Puede parecer mucho pero no lo es, de verdad. A mí al menos todavía no me ha servido para alcanzar algunas de las cosas que siempre he deseado. Ni siquiera saltando, así que al final puede que acabe reconociendo que los puntos de apoyo quizá no estén tan mal.

- Peso 71 kg. A veces me encanta que sea así y otras me parece demasiado poco. Decidirme por una u otra opinión no me serviría de nada, la genética se empeña en demostrarme que esta cifra tiene poco margen de cambio.

- Calzo un 44. Y esto sí que debe de ser mucho porque no hay duda de que piso demasiados charcos. Y lo peor es que hay algunos cuya profundidad no llego a conocer hasta que no tengo el pie bien dentro.

- Tardé poco más de 5 años en sacarme los 5 cursos de mi carrera. No me sirvieron para aprender todo lo que me habría gustado, pero sí para sacar 3 matrículas de honor en otras tantas asignaturas tan importantes que no recuerdo ni sus nombres. También para tener el absurdo honor de haber aprobado 19 asignaturas en el último año; absurdo porque si en ese curso tenía tantas por aprobar significa que igual hubo algo que no hice muy bien en los años anteriores. Pero la gente, en lugar de darse cuenta de esto, suele preferir asombrarse y decir: “¡Hala! 19…”.

- Siempre me ha dado un poco de miedo pensar en cuántos amigos de verdad tengo. Y odio la expresión “mejor amigo/a”, pero hay dos de mis amistades por quienes haría cualquier cosa, y ellos lo saben. Que sean felices es uno de mis objetivos personales, y si nunca se lo he dicho se estarán enterando ahora mismo. En algún caso, hasta coloreo su felicidad de atardeceres naranjas, playas calmadas y sabores dulces. Otras veces, no huele a mar.

- He jugado en tres equipos de fútbol. En toda mi vida, sólo he tenido dos lesiones serias. La parte mala es que ambas ocurrieron en el mismo partido. Y la parte irresponsable es que ese día seguí jugando hasta el final.

- Podría escribir aquí el número exacto de noches que he pasado sin dormir en una habitación de hospital. Pero perdí la cuenta, señal de que han sido demasiadas. Suficientes como para enseñarme a entender la vida de una forma distinta a como lo hacía antes. Cada noche me trae a la memoria lo lentas que pasan las horas en otros lugares que no están tan lejos, y también lo cerca que estamos de perder cosas sin las que no estamos acostumbrados a vivir.

- La miopía y el astigmatismo se han quedado a vivir en mis ojos en forma de varias dioptrías: concretamente 3’25 en el derecho y 3’50 en el izquierdo. Al menos están bien repartidas.

- He estado en cuatro países: España, Túnez, Italia e Inglaterra. Y tres veces en Santander, la ciudad de la que nunca me voy y a la que siempre regreso.

- Vivo en el piso 3 del número 6 de alguna calle madrileña.

- Tengo dos hermanos que son simplemente imprescindibles para mí. Junto con mis padres, hacen que sumemos cinco en casa, aunque puede que este número no dure mucho. El que sí deseo que se mantenga es el de mis tres abuelos, los únicos que he llegado a conocer.

- También tengo dos “hermanas” gemelas con las que mantengo una relación que algún día debería ser objeto de estudio.

- Uso 6 perfumes diferentes, pero últimamente me siento mejor con One Million, de Paco Rabanne.

- En mis montañas guardo 12 películas de Woody Allen, 8 discos de Quique González y 6 libros de Murakami. De entre esos libros, hay uno que tengo en 3 idiomas.

- En mi reproductor de música hay hoy 5.349 canciones dando vueltas, aunque algunas suenan casi a diario. Si le doy a “Reproducir todas las pistas”, la primera es "Amor" se escribe con llanto. La última es もう少し自分のこと、きちんとしたいの. Preciosas las dos.

Lo que no hay en mi vida es dieces... Me cuesta encontrarlos, y por eso me sentí tan mal cuando hace unos días alguien volvió a incluir la expresión “chico 10” al hablar de mí. Nada más lejos de la realidad.

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domingo, 13 de enero de 2013

Palabras que apagan incendios


 No sé exactamente cuándo me di cuenta de que escribir se había convertido en una forma de vida para mí. En el colegio, estudiando Secundaria, recuerdo a una compañera robándome cada semana mi archivador para leer las frases bonitas que se me iban ocurriendo y que escribía en las páginas de cartón que separaban cada asignatura. Ya en el instituto y en la universidad, no era difícil encontrar entre mis apuntes de vez en cuando alguna hoja con ideas o versos que se me iban ocurriendo, o directamente un relato en sucio lleno de tachones y de correcciones interminables, con flechas reordenando párrafos y sinónimos apuntados en el margen para evitar repetir palabras. Luego me di cuenta de que dos de mis objetivos en la vida (publicar un libro de relatos y aprender a tocar la guitarra para construir mis propias canciones) estaban muy relacionados con mi obsesión por la palabra escrita. Pero no, no sé cuándo comenzó todo, supongo que me cuesta encontrar el momento exacto en el que empiezan a ocurrir ciertas cosas en mi vida.

 Lo que sí sé es el motivo. Creo que las personas nacemos con el impulso natural de expresarnos, de que el mundo sepa lo que queremos o lo que sentimos. Como si se tratase de una necesidad básica más, como dormir, como comer. O como amar y ser amados, que siempre ha sido la primera en mi planeta. Puede entonces que ahí comience todo, porque la verdad es que soy un desastre comunicándome de las formas más habituales. Hasta hace poco, mi odio a hablar por teléfono era mundialmente conocido. Y desahogarme delante de amigos nunca ha sido mi estilo, disfruto mucho más escuchando la vida de la gente que contando la mía, lo cual convierte a veces mis conversaciones con amigos en algo bastante desequilibrado donde mi voz no se escucha más del diez por ciento del tiempo. Para colmo, cuando tengo delante a alguien que consigue el milagro de acelerarme el corazón, se me derrite la mirada en la suya y soy incapaz de demostrar que me muero por saberlo todo sobre su persona. Y entonces tiendo a pensar que cualquier cosa que le cuente le parecerá una tontería, y de repente me convence la idea de que parecer tonto es mucho mejor que demostrarlo. Y sí, es justo en ese momento cuando parezco un absoluto e inexpresivo idiota. Así que, tal y como están las cosas, no parece muy raro que ésta sea la mejor forma de expresión que he encontrado.

 Estoy cansado de ver a gente que merece cosas y no las tiene. Una de las personas que siempre querré cerca dice que yo nunca quiero llevarme el mérito de nada, y debe de ser verdad porque yo aún no he conseguido averiguar dónde está lo bueno de acumular méritos. Por eso siempre que alguien me dice que le ha gustado algo que he escrito, acabo pensando que lo ha debido de entender mal, que el texto le ha transmitido cosas que yo no pretendía decir. Me cuesta aceptar la idea de que realmente he llegado a tocar la sensibilidad de alguien o que he podido transportar a esa persona al paisaje que yo tenía en la cabeza antes de escribir una historia. Aun así, no puedo evitar sentirme la persona más llena del mundo cuando alguien me dice que he conseguido que sienta cositas a través de las palabras. O cuando ocurre algo como lo de hace unos meses: escribí un pequeño relato a partir de una canción de uno de mis grupos favoritos y, poco después, recibí un mensaje de los miembros de la banda diciéndome que les había encantado. Uno no escribe para llegar a eso, pero sin duda hay cosas que le dan más motivos aún a lo que se hace.

 De alguien que le da mil vueltas a todo no se puede esperar otra cosa: a cada palabra que escribo no le doy mil, sino un millón de repasos. Además, padezco demasiadas veces de lo que yo llamo “síndrome de las noches valientes seguidas de mañanas realistas”, que consiste en escribir auténticas parrafadas antes de acostarme, y que luego a la luz del día me parezcan absolutas tonterías. Así es como se quedan miles de palabras abandonadas para siempre en folios y así es como la tecla “borrar” de mi portátil acaba perdiendo hasta el dibujo.

 Una vez escuché a Enrique Urquijo (mi referente artístico número uno desde siempre) decir que si sus composiciones eran siempre tristes no era porque él estuviese siempre así, sino porque cuando se sentía bien lo que le apetecía era disfrutarlo, no ponerse a escribir. Yo llegué a pensar que me ocurría algo parecido, pero no es así. A mí lo que me pasa es que la felicidad no me inspira nada. Lo cual no quiere decir que no crea en historias felices ni que no me guste escribirlas, sino que me siento más a gusto si el decorado tiene algo de oscuridad, aunque la escena principal sea luminosa. También reconozco ser algo monotemático, y es que a mí me pasa como al de la novela de Ray Loriga: sólo sé hablar de amor. Pero el amor tiene tantos nombres, tantas formas, tantas demostraciones, que nunca he llegado a sentirme repetitivo. Por eso es lo más grande que existe (a veces creo que si el amor se cansase de este mundo y decidiese desaparecer, el planeta dejaría de girar y nos caeríamos todos… hasta tal punto llega mi tontería).

 Con todo esto, siempre acabo pensando que en el fondo lo que escribo es para mí. Que cuando acabo un texto y lo publico en estas páginas azules lo hago sólo para dejar de pensar en cómo mejorarlo (mi perfeccionismo crónico). Pero sobre todo, lo que acabo pensando es que éste es mi camino, el que voy a seguir toda mi vida, y que es mi mejor forma de sacar fuera lo que me arde dentro. Palabras que apagan incendios.

Diego García
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miércoles, 2 de enero de 2013

Una rosa blanca

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